La imagen volvió a ser protagonista. Una línea trazada sobre la cancha, una posición milimétrica y una decisión que terminó siendo determinante. El gol anulado a Sao Paulo cuando buscaba el empate frente a Boca Juniors por los cuartos de final de la Copa Sudamericana volvió a abrir una discusión que Conmebol arrastra hace tiempo: ¿está a la altura la tecnología que utiliza en sus principales torneos?
El problema no pasa por la existencia del VAR. De hecho, el Manual de Clubes de la Copa Sudamericana 2026 establece su utilización desde el comienzo de la competencia y permite que la operación se realice tanto desde el estadio como de manera remota y centralizada. La discusión está en las herramientas disponibles para resolver una de las situaciones más sensibles del fútbol: los fuera de juego milimétricos.
Porque mientras en Sudamérica todavía se depende del trazado de líneas sobre las imágenes disponibles, FIFA comenzó hace años a utilizar la tecnología semiautomatizada de fuera de juego. El sistema implementado en Qatar 2022 trabajaba con 12 cámaras específicas instaladas en el estadio, capaces de seguir hasta 29 puntos del cuerpo de cada futbolista 50 veces por segundo.
A eso se sumaba un sensor dentro del balón que enviaba información 500 veces por segundo para establecer con enorme precisión el instante exacto en que se producía el pase. Con todos esos datos, el sistema podía generar automáticamente una alerta y una línea de fuera de juego, que posteriormente debía ser validada por los árbitros de video.
La tecnología incluso ha seguido evolucionando. En el Mundial de 2026, FIFA trabaja con 16 cámaras dedicadas de seguimiento y mantiene el registro de hasta 29 puntos corporales por futbolista 50 veces por segundo, además del balón conectado con un sensor que opera alrededor de los 500 Hz.
No se trata, por lo tanto, de una tecnología experimental. FIFA la estrenó a gran escala hace cuatro años y desde entonces la ha utilizado y perfeccionado en sus principales competiciones. Su objetivo es precisamente reducir la intervención manual y entregar decisiones de fuera de juego más rápidas, reproducibles y precisas.
Y es ahí donde aparece el gran contraste con Conmebol. La Confederación ha incrementado considerablemente el dinero que mueve y reparte en sus torneos. Solo el campeón de la Copa Sudamericana 2026 recibirá US$10 millones por ganar la final, mientras que el subcampeón se llevará US$2,5 millones. La propia organización destaca que los incentivos económicos del torneo aumentaron un 439% durante los últimos diez años.
Sin embargo, ese salto económico no ha venido acompañado de la misma actualización tecnológica para determinar los fuera de juego. Y aunque no existe una tarifa pública única que permita establecer cuánto costaría instalar el sistema utilizado por FIFA en cada estadio de Libertadores y Sudamericana, evidentemente se trata de una infraestructura más compleja: cámaras dedicadas, sistemas de seguimiento, procesamiento de datos, calibración y, en su versión más completa, balones equipados con sensores.
El punto tampoco es que la tecnología semiautomatizada elimine completamente al árbitro. FIFA recalca que la decisión continúa siendo humana: los oficiales de video deben comprobar la información generada por el sistema antes de comunicarla al juez principal. La diferencia está en que la ubicación de las extremidades y la línea ya no dependen exclusivamente del procedimiento tradicional sobre una imagen de televisión.
Por eso lo ocurrido entre Boca y Sao Paulo resulta especialmente incómodo para Conmebol. Una competición que entrega US$10 millones solamente al campeón continúa expuesta a que una de sus jugadas más importantes termine convertida en una discusión sobre dónde y cómo se dibujó una línea.
La tecnología existe, está probada y lleva años funcionando en el máximo nivel. Conmebol ha conseguido aumentar premios, ingresos y la dimensión comercial de sus competiciones. El VAR, en cambio, sigue sin dar el mismo salto. Y cada fuera de juego milimétrico vuelve a dejarlo en evidencia.