ColumnasRonald Valladares también es víctima
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Por Juan Cristóbal Guarello · 2 min de lectura
Fue un hombre excéntrico, divertido, elocuente y que sólo pasó malos ratos en Chile. El Bigotón, fallecido hoy, quedó en la galería de los entrenadores que rindieron más frente a los micrófonos que al borde de la cancha.

Era un carácter más cercano al tabernero o al fraile que al entrenador. Gracioso, culto, inteligente, de frases agudas, que en Chile se transformó en el hombre incorrecto en el lugar equivocado. Llegó en 1995, luego de que Mirko Jozic, sumido en una profunda depresión por la Guerra de los Balcanes, soltara la selección chilena. El Bigotón, un aventurero y buscavidas, había tenido gran éxito dirigiendo a la selección boliviana, con su generación dorada, llevándola al Mundial 1994, donde se dio el lujo de eliminar al Uruguay de Enzo Francescoli.
Pero Azkargorta, lamentablemente, sufrió lo mismo que dos décadas atrás el alemán Rudi Gutendorf, otro aventurero de la banca. No conocía el medio, aparte de Iván Zamorano y, tal vez, Patricio Yáñez. El resto, incluido el ascendente Marcelo Salas, eran unos perfectos extraños. De ahí sus nóminas multitudinarias y algo dispersas. Si un jugador chileno tuvo alguna racha positiva entre 1995 y 1996, seguro pasó por Juan Pinto Durán con Azkargorta como entrenador.
Después de un debut triunfal derrotando a 2-1 a la, entonces, poderosa selección de México en Los Ángeles (día que, además, por primera vez jugaron juntos Zamorano y Salas), vino una estocada para el Bigotón de la cual nunca más se recuperó: Chile perdió 6-0 con Perú en Lima. Desde ahí quedó abollado en sus convicciones y cuestionado por los medios. Su formación 3-3-2-2 que más parecía un 5-3-2, donde había demasiados jugadores fuera de puesto y el equipo se veía en extremo defensivo, nunca fue aceptada ni entendida.
Ganó un torneo amistoso intrascendente en Canadá y la selección tuvo una muy baja actuación en la pomposa Copa Centenario que se jugó en Antofagasta, La Serena y Santiago. Aparte del ganarle 3-1 al débil equipo de Nueva Zelandia, perdió con Paraguay y empató sin goles contra Turquía. Más allá de los resultados, no lograba impregnarle al equipo de una identidad en la cancha y, sobre todo, no había peso ofensivo.
La segunda herida de muerte llegó en la Copa América de Uruguay en 1995. La cosa comenzó mal, Iván Zamorano se bajó del torneo privilegiando las vacaciones tras ganar la Liga. Nuestra selección perdía su mejor jugador. Era tanta la tensión sobre Azkargorta, que tuvo un episodio cardíaco que obligó a internarlo en un sanatorio de Paysandú. Chile fue demolido por Argentina 4-0, perdió con claridad con Estados Unidos por 2-1 y sacó un sufrido empate frente a Bolivia 2-2, donde se vio a los altiplánicos más enteros y sólidos. La Roja se fue eliminada en primera vuelta sin dejar, salvo la garra de Basay y el compromiso de Sebastián Rozental, nada positivo.
Aguantó hasta el comienzo de las eliminatorias en junio de 1996 jugando algunos amistosos de relleno. El empate agónico 1-1 contra Venezuela en Barinas, donde Margas salvó el punto empujando la pelota con su entrepierna, fue el acto final. De regreso en Santiago, Azkargorta se reunió con Ricardo Abumohor para definir cómo seguía el proceso. Ahí el español le dijo al presidente de la ANFP que estuviera tranquilo, que le había puesto vidrios ahumados a su auto para que la gente no lo viera. Ante esto, Abumohor le pidió la renuncia. Al día siguiente, frente a los micrófonos, Xabier Azkargorta se mandó una de las frases antológicas en la historia del fútbol chileno "Esa vez sí, una vez muerto el perro, se acaba la rabia". Dándole punto final a los constantes ataques que recibía desde los medios, sobre todo de Eduardo Bonvallet, quien lo insultaba todos los días.
Hay que rescatar, eso sí, el buen trato con los jugadores y su intento por subirles el nivel educacional. En eso Azkargorta fue un aporte. A Sebastián Rozental, por ejemplo, lo alentó a leer y le sugirió algunas obras. Con el Rambo Ramírez tuvo una anécdota genial. Chile había perdido 4-0 con Argentina y Ramírez había tenido una actuación malísima, regalando dos goles. Por lo mismo, no quería jugar contra Bolivia. Ahí Azkargorta lo encaró muy firme y le mandó un sermón inolvidable: "¿Quién le puso Rambo a usted? ¿No sabe que Rambo no se rendía y se suturaba sus propias heridas?".
Tenía 72 años. Murió en Bolivia que era su lugar en el Mundo. El Bigotón. Un personaje.
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