Foto Carlos Parras (Federación de Fútbol de Chile)
Mientras en Europa, África y Asia las selecciones juegan eliminatorias para sus respectivas copas continentales, en América tenemos que cruzar un océano infinito de amistosos, llamados Fechas FIFA, hasta que volvamos a jugar por los puntos. Estos partidos de ocho cambios, como ocurrió el sábado en Toronto, donde se "analiza", como nos recordaron cada dos minutos en la transmisión de Mega, donde se "prueba" y donde se "sacan conclusiones". Así cualquier nimiedad es carne de análisis: laterales mal ejecutados, centros por detrás del arco o amonestaciones por manotazos. Todo sirve al entrenador y sus ya señaladas "conclusiones".
Luego nos tenemos que comer dos o tres años, en el caso de Chile puntualmente, de una serie de partidos "preparatorios" que sirven al entrenador para ir sacándole punta al equipo. Hay un gran objetivo final: clasificar al Mundial y en el medio tenemos horas y horas de mal fútbol. Da lo mismo que hoy clasificar al Mundial tenga, en el caso de Sudamérica, un 70% de posibilidades de lograrse. En números estrictos es como si la nota mínima en los colegios de bajara del 4.0 al 2.1. Hay que ser reverendamente malo o cometer todos los errores posibles para no clasificar a un Mundial de 48 equipos. La Roja lo logró: fue mala como las reverendas empujada por una ANFP que cometió todos los errores.
El amistoso del sábado fue un escalón más de este camino infinito de partidos sin trascendencia agravado esta vez, según cuentan, debido a que Córdova "no podía hacer análisis" porque "nos expulsaron dos jugadores". El primer análisis es que no te pueden expulsar dos jugadores en un amistoso contra la opaca selección de Canadá. El segundo es que te echan a uno o dos partido por medio. El tercero es que quedar con un jugador menos es parte de la contingencia, parte del juego.
Pero más allá de la irrelevancia de los amistosos, podríamos jugar con Benín y Burkina Faso como el Chiqui Tapia, y de la prueba infinita que sostiene el trabajo del entrenador, el tema es que uno ve el partido para algo. Digo, el hincha paga la entrada o sintoniza el televisor buscando algo que lo conmueva que lo emocione. Esa cosa parecida un espectáculo deportivo donde dos equipos compiten por ganar. Ver un partido de fútbol y disfrutarlo, no un banco de pruebas que disimula cualquier cosa.
Si nos atenemos a lo que ha ocurrido en la cancha desde que Nicolás Córdova agarró la selección chilena, ocurre que nos acostumbramos a un equipo insulso, sin alma, que no le transmite nada al hincha. Un equipo que siempre está en rodaje, en la búsqueda, en camino. En el medio quedan decenas de pichangas sin historia, sin sabor a nada, perfectamente olvidables. Uno no sabe si juega la selección chilena o la de Armenia. Tanto da. Hasta el color y diseño de la camiseta nos parecen irreconocibles. No hay identidad, no hay espíritu, no hay nada. Nada salvo las famosas "conclusiones", esas que son tan importantes, tan lúcidas, tan esperanzadoras. Hasta que llega la siguiente Fecha FIFA y hay que tomarse nuevamente la sopa aguada de Nicolás Córdova.