ColumnasRonald Valladares también es víctima
¿Puede la maquinaria del fútbol chileno convertir a un juvenil promisorio en un delincuente? No del todo, pero si ayudar mucho.
Por Juan Cristóbal Guarello · 2 min de lectura
Tras su salida del Atlético Mineiro y una década marcada por inestabilidad, el técnico argentino vuelve a quedar en el mercado. En medio del irregular presente azul, la pregunta asoma inevitable: ¿puede el reencuentro entre Jorge Sampaoli y Universidad de Chile convertirse en la catapulta que ambos necesitan?

La confirmación de la salida de Jorge Sampaoli del Clube Atlético Mineiro no solo profundiza su curva descendente desde Rusia 2018; también reabre una puerta emocional en el fútbol chileno. Porque mientras el técnico encadena proyectos breves, conflictos internos y despidos anticipados, la Universidad de Chile transita nuevamente por un ciclo de inestabilidad deportiva, dudas estructurales y urgencia por reencontrar identidad.
Desde su traumática salida de la Selección de Argentina tras el Mundial de 2018, Sampaoli no ha logrado sostener un proceso largo ni replicar el rendimiento que alcanzó en su etapa dorada. Pasó por Santos, Atlético Mineiro en su primer ciclo, Olympique de Marsella, Sevilla en su segunda etapa, Flamengo, Rennes y nuevamente Mineiro. Hubo picos competitivos —como el subcampeonato en Brasil o la clasificación a Champions con Marsella—, pero la constante fue la ruptura: conflictos con referentes, tensiones con directivas y salidas anticipadas acompañadas de millonarias indemnizaciones.
Su segundo ciclo en Belo Horizonte terminó como síntesis de ese desgaste: dos puntos de nueve en el arranque del Brasileirao 2026, fractura con referentes del plantel y decisiones polémicas como el bloqueo de la salida del joven chileno Iván Román al Mundial Sub-20. La imagen del técnico revolucionario quedó lejos. Hoy carga con la etiqueta de entrenador intenso, exigente y tácticamente rígido, pero incapaz de sostener armonía interna.
En paralelo, la U tampoco ha encontrado estabilidad estructural en la última década. Desde la salida de Sampaoli en 2012, el club ha rotado entrenadores, proyectos y modelos deportivos sin consolidar una identidad permanente. Incluso en ciclos recientes donde hubo competitividad parcial, la sensación dominante ha sido la de construcción inconclusa. El recuerdo del equipo que presionaba alto, dominaba territorialmente y competía internacionalmente sigue siendo referencia obligada.
El reencuentro, entonces, aparece como una tentación simbólica. Para Sampaoli, significaría regresar al único club donde su método fue hegemónico, donde su liderazgo conectó con un plantel y una hinchada, y donde logró sostener un proyecto más allá de la urgencia coyuntural. Para la U, implicaría recuperar una identidad reconocible y una figura que, guste o no, cambió su historia moderna.
Pero la pregunta no es emocional, sino estructural. ¿Es el mismo Sampaoli? ¿Existe hoy el contexto institucional que le permita trabajar con autonomía sin repetir los conflictos que marcaron sus últimas experiencias? ¿Aceptaría el entrenador un escenario sin el respaldo presupuestario que suele exigir? Y, sobre todo, ¿está la U en condiciones de absorber el impacto mediático y financiero que supondría su retorno?
El técnico que alguna vez alcanzó cerca del 68% de rendimiento con los azules y levantó la Copa Sudamericana hoy llega golpeado, con prestigio disminuido en Sudamérica pese a haber disputado una final continental el año pasado. La U, por su parte, necesita más que un golpe de efecto: requiere estabilidad y coherencia a largo plazo.
Sin embargo, en el fútbol las crisis suelen abrir puertas inesperadas. Sampaoli necesita un lugar donde reconstruir su credibilidad. La U necesita un proyecto que devuelva convicción. El reencuentro no es una realidad, pero tampoco una fantasía imposible. Y cuando el pasado fue tan exitoso, la tentación de volver a intentarlo siempre aparece.
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