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Por Juan Cristóbal Guarello · 2 min de lectura
Nací en 1993. Crecí admirando a Zinedine Zidane, Ronaldinho e Iniesta y fui testigo de toda la carrera de Cristiano Ronaldo. Por eso, tras otra actuación soberbia para llevar a Argentina a la final del Mundial, puedo decirlo sin necesidad de disminuir a nadie: Lionel Messi es el mejor futbolista que yo he visto.

Argentina volvió a clasificar a una final del mundo y Lionel Messi volvió a ser el centro de todo. No hizo goles contra Inglaterra, pero jugó un segundo tiempo extraordinario, entregó las dos asistencias de la remontada y condujo a su selección cuando el partido amenazaba con escaparse. Con 39 años, en una semifinal mundialista y frente a uno de los equipos más poderosos del torneo, volvió a parecer el futbolista que comprende el juego mejor que todos los demás.
Nací en 1993. No vi al mejor Pelé y apenas alcancé a conocer el ocaso de Diego Maradona, cuando su figura ya estaba marcada tanto por lo que había hecho como por lo que todavía intentaba hacer. Mi generación creció observando a Zidane gobernar partidos con una elegancia irrepetible, a Ronaldinho convertir el fútbol en una fiesta, a Iniesta encontrar espacios invisibles y a Cristiano Ronaldo construir una carrera descomunal a partir del talento, la ambición y una capacidad competitiva pocas veces vista.
Los vi a todos. Los admiré a todos. Por eso decir que Messi es el mejor jugador que yo he visto no pretende borrar la historia ni establecer una verdad universal. Tampoco es una forma de rebajar a Maradona, Pelé, Cruyff o Di Stéfano, futbolistas cuya dimensión conocimos principalmente a través de relatos, archivos y generaciones que los vieron jugar cada semana. Es simplemente la conclusión de quien pudo observar prácticamente completa la carrera del argentino.
Y quizás esa admiración sea aún mayor porque su historia estuvo lejos de ser perfecta. También lo vi perder finales que parecían imposibles de explicar. Como chileno, las dos Copas América que la Roja le ganó a Argentina en 2015 y 2016. Aquellas derrotas llevaron a Messi incluso a anunciar su renuncia a la selección. Mirado con la perspectiva que da el tiempo, ese episodio también engrandece la hazaña de la generación dorada chilena, capaz de derrotar dos veces consecutivas al mejor futbolista de su época.
Contra Inglaterra volvió a mostrar todo aquello que lo distingue. Argentina se encontró en desventaja tras el gol de Anthony Gordon, pero Messi no se desesperó. Pidió la pelota, empezó a moverse hacia la derecha y tomó el control de cada avance. A los 85 minutos atrajo rivales y encontró a Enzo Fernández para el empate. Después, en el tiempo agregado, llegó hasta la línea de fondo y sacó con la derecha el centro que Lautaro Martínez convirtió en el 2-1 definitivo.
No fue el Messi de las carreras interminables ni el adolescente capaz de dejar a cinco adversarios en el camino. Fue algo quizás más difícil de conseguir: un futbolista que, después de dos décadas en la élite, aprendió a dominar los partidos desde la pausa, la ubicación y la inteligencia. Ya no necesita participar constantemente. Le basta elegir el instante preciso para intervenir y transformar por completo lo que sucede en la cancha.
Los récords acompañan esta historia. En el Mundial 2026 alcanzó marcas de goles, asistencias, partidos, triunfos y participaciones que parecían imposibles. Ante España disputará su tercera final mundialista, después de Brasil 2014 y Qatar 2022, igualando el registro de Cafú. Pero su grandeza no puede explicarse únicamente con estadísticas. Los números sirven para dimensionar su carrera; no alcanzan para describir la sensación de verlo jugar.
Messi fue el mejor cuando era el futbolista más explosivo del planeta. Siguió siéndolo cuando se transformó en el máximo goleador y continuó marcando diferencias cuando retrocedió metros para convertirse en el principal creador de sus equipos. Su carrera contiene varias versiones extraordinarias de un mismo jugador. Esa capacidad de evolucionar es la que le permitió mantenerse vigente mientras desaparecían generaciones enteras a su alrededor.
El domingo podría ganar su segunda Copa del Mundo o podría perder frente a España. El resultado será enorme para Argentina y agregará otro capítulo a una trayectoria que parece no terminar nunca, pero difícilmente modificará mi conclusión. Vi a Zidane, Ronaldinho, Iniesta y Cristiano. Alcancé a ver el final de Maradona. Y después de acompañar toda la carrera de Lionel Messi, desde aquel joven que apareció en Barcelona hasta este capitán que sigue decidiendo Mundiales a los 39 años, no tengo demasiadas dudas: es el más grande jugador que yo he visto.
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