ColumnasRonald Valladares también es víctima
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Por Juan Cristóbal Guarello · 2 min de lectura
El proyecto de la Universidad de Chile no solo se derrumbó en la banca. Las decisiones del gerente deportivo en el mercado de fichajes —la salida de Leandro Fernández, la llegada de refuerzos sin ritmo o con historial de lesiones y un plantel mal construido para el sistema del DT— también explican el fracaso de un ciclo que duró apenas 68 días.

La salida de Francisco Meneghini de Universidad de Chile dejó en evidencia un fracaso deportivo evidente. Un triunfo en siete partidos y un ciclo que duró apenas 68 días. Sin embargo, cargar toda la responsabilidad sobre el entrenador es incompleto. El principal impulsor de su llegada fue el gerente deportivo Manuel Mayo, quien defendió públicamente la decisión como parte de un proceso técnico y metódico.
“Se evaluaron alrededor de 12 entrenadores que cumplían con el perfil que buscábamos para el club”, explicó Mayo cuando presentó al técnico. Luego agregó: “Se presentó una terna donde el directorio votó y de manera unánime se decidió que la función del club es contar con el entrenador Francisco Meneghini”. Y remató con otra frase que hoy adquiere otro peso: “La idea era que el directorio pudiera tomar una decisión informada con la mayor cantidad de antecedentes posibles”.
Pero el problema no fue solo la elección del entrenador. También fue la construcción del plantel.
El caso más evidente fue la salida de Leandro Fernández, probablemente el jugador más determinante de la U en las últimas tres temporadas. Su salida dejó al equipo sin el futbolista que marcaba diferencias en el ataque.
Para reemplazar poder ofensivo llegó Juan Martín Lucero, delantero argentino que arribó con 34 años y una sequía goleadora alarmante: no marcaba desde el 10 de mayo de 2025, acumulando 29 partidos sin convertir. Hoy, además, se encuentra lesionado.
Otro refuerzo ofensivo fue Octavio Rivero, delantero uruguayo que llegaba precedido por un historial físico complejo. Entre finales de 2022 e inicios de 2023 sufrió una rotura de ligamento cruzado que lo dejó casi un año fuera de competencia. En la U apenas alcanzó a sumar minutos antes de que su rodilla volviera a complicarse. Hoy deberá pasar por el quirófano, confirmando los temores que existían cuando fue contratado.
Las decisiones también generaron dudas en el mediocampo. Lucas Romero, volante paraguayo que ocupa plaza de extranjero, apenas suma 53 minutos en siete partidos posibles. Su escasa participación quedó aún más expuesta cuando Charles Aránguiz salió lesionado ante Universidad de Concepción y el mediocampista ni siquiera fue considerado como alternativa.
En defensa también hubo movimientos discutidos. Marcelo Morales llegó desde New York Red Bulls para ocupar el espacio que dejó Matías Sepúlveda, una de las piezas más regulares de la U en 2025. El problema es que el lateral arribó con ocho kilos de sobrepeso y con muy poco ritmo competitivo tras su paso por la MLS, donde prácticamente no jugó.
Pero el error estructural fue incluso más profundo. El plantel armado por Mayo no incorporó extremos naturales, pese a que ese tipo de futbolistas habían sido fundamentales en los equipos de Meneghini durante su carrera. Es decir, el entrenador llegó a un plantel que ni siquiera estaba diseñado para el sistema que lo caracterizaba.
Por eso el análisis no puede quedarse solo en la banca. Meneghini fracasó dentro de la cancha, pero el proyecto también falló en su diseño. Y en ese diseño el rol de Manuel Mayo fue central: impulsó al entrenador, armó el plantel y tomó decisiones de mercado que terminaron condicionando todo el proceso.
Si el ciclo duró apenas siete partidos, la responsabilidad no termina en el entrenador. También empieza en quien lo eligió y construyó el equipo para que ese proyecto funcionara.
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