Una selección insulsa y sin alma
El pecado de Nicolás Córdova armar un equipo sin identidad, que no transmite nada y parece una selección de algún país perdido en Europa del Este
Por Juan Cristóbal Guarello · 3 min de lectura
Cuando tenía cinco años, mi padre me compró mi primer álbum de fútbol a la salida del estadio Santa Laura. Era el Campeonato ’81 de Salo. Recuerdo perfectamente el lugar: un pequeño bazar en la esquina de Santa Laura con Guanaco, después de un partido de aquel inolvidable Audax Italiano de Hernán “Clavito” Godoy. No sé si el recuerdo es completamente exacto o si la memoria le ha ido agregando detalles con los años, pero sí hay algo que permanece intacto: la sensación de volver a casa abrazando ese álbum como si fuera un tesoro.

Para quienes crecimos en los años ochenta y noventa, los álbumes eran objetos sagrados. No solo los del campeonato nacional o los mundiales: también los de animales, superhéroes, dibujos animados, series de televisión o cualquier tema capaz de despertar la obsesión infantil por completar una “revista” llena de espacios vacíos. Había todo un ritual alrededor de ellos. El olor del pegamento en barra, de la cola fría o incluso del engrudo al que había que recurrir en ocasiones. La precisión casi quirúrgica, indispensable tanto para abrir los sobres sin dañar las láminas como para pegarlas con cuidado y evitar que quedaran chuecas. La alegría o enojo de encontrar o no la “clave” (sigo buscando la de Deportes Victoria del álbum del ‘84). Y, por supuesto, la frustración eterna de acumular repetidas.
Completar un álbum era mucho más que llenar páginas. Era aprender a esperar. A ahorrar monedas para comprar un sobre más. A intercambiar las repetidas o jugárselas en el patio del colegio. A memorizar formaciones y camisetas. A descubrir jugadores de países misteriosos y lejanos antes de que existieran YouTube o Wikipedia. Y también era soñar. Porque antiguamente completar el álbum podía abrir la puerta a concursos donde se sorteaban bicicletas, pelotas, camisetas de fútbol, consolas o computadores. Había un incentivo concreto, una recompensa posible al final del camino. Hoy ya ni eso existe. Uno completa el álbum simplemente por el gusto de completarlo. Y quizás eso hace todavía más notable que el rito de coleccionar siga vivo.
Con el tiempo, parecía inevitable y hasta lógico pensar que esta tradición desaparecería. Los especiales deportivos de las revistas comenzaron a ofrecer información más completa y fotografías de mejor calidad. Después llegó internet, con acceso instantáneo a estadísticas, imágenes y videos. Más tarde aparecieron las redes sociales, los videojuegos, los celulares y la inmediatez absoluta. También cambió algo fundamental: completar un álbum dejó de ser barato.
Y sin embargo, aquí estamos otra vez. A pocos días de haberse lanzado el álbum del Mundial 2026 de Panini, volvió la fiebre. Filas en la tienda oficial, grupos de WhatsApp para intercambiar láminas, adultos preguntando por sobres “para los niños” mientras esconden (escondemos) la propia ansiedad de coleccionistas veteranos. Porque el álbum del Mundial terminó convirtiéndose en algo más grande que una colección: es casi un souvenir emocional de cada Copa del Mundo.
Eso ocurre incluso en países como Chile, donde nuestra selección lleva doce años ausente de un Mundial. Porque el álbum no depende únicamente de que juegue tu país. Tiene que ver con sentirse parte de un evento global que atraviesa generaciones. Con mirar las páginas y proyectar historias. Con preguntarse qué adolescente desconocido terminará siendo la gran estrella del torneo. Con pegar una lámina y pensar que ese jugador en una de esas dominará el fútbol mundial durante la próxima década.
Por eso golpeó tanto la noticia de que la FIFA romperá su histórica relación con Panini después del Mundial de 2030 para iniciar una nueva etapa comercial junto a Topps y Fanatics. Para muchos podrá parecer apenas un acuerdo de licencias. Pero para quienes crecimos abriendo sobres mundialistas desde niños, hay algo profundamente simbólico en ello.
Porque Panini no era solamente una marca. Era una parte de la infancia. Era el nombre impreso en las tardes de otoño-invierno pegando láminas. Era el Mundial de México 86, Italia 90 o Francia 98 convertido en objeto tangible. En Chile, además, convivía con el recuerdo entrañable de Salo, que durante años también alimentó esa pasión coleccionista. Cambiar de proveedor puede ser un movimiento lógico desde el negocio, pero emocionalmente se siente parecido a cuando echan abajo un viejo estadio: uno puede entender las razones, aunque igual duele.
Quizás por eso el fenómeno de los álbumes sigue resistiendo en tiempos hiperindividualistas. Porque, en el fondo, obligan a hacer algo que cada vez hacemos menos: encontrarnos.
En los recreos todavía hay escolares que dejan el celular a un lado para cambiar láminas repetidas. Hay padres que completan álbumes junto a sus hijos. Abuelos que vuelven a emocionarse enseñando a sus nietos cómo despegar con cuidado una lámina mal pegada. Cambiatones donde cientos de personas se reúnen simplemente para conversar e intercambiar cromos. Gente desconocida ayudándose mutuamente para completar una página.
Y tal vez ahí esté el verdadero valor de estos álbumes. No en las láminas difíciles ni en cuánto cuesta completarlos. Tampoco en si la colección será más bonita o más moderna. Su valor está en el pequeño rito de sentarse alrededor de una mesa, abrir sobres y pegar jugadores que después veremos por televisión. En compartir una pasión simple en medio de un mundo que muchas veces parece diseñado para aislarnos.
Porque mientras exista un niño esperando con ilusión abrir el próximo sobre, mientras un padre o un abuelo siga diciendo “esa me falta” con entusiasmo genuino, los álbumes de fútbol seguirán siendo mucho más que papel y pegamento. Serán memoria. Y también una forma, cada vez más escasa y valiosa, de seguir construyendo comunidad
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