Mientras la violencia marcaba el estreno del campeonato en el Estadio Nacional, un personaje vestido de negro empezó a moverse de manera apresurada: Mauricio Etcheverry. No estaba en la tribuna ni en un palco. Se movía a nivel de cancha, alertando sobre los problemas en la galería sur y coordinando gestiones en medio del caos, en un rol que excede con creces el de un simple “asesor operativo”.
Etcheverry no es un personaje nuevo en el fútbol chileno. Fue presidente de Deportes La Serena y luego se transformó en el colaborador más cercano de Sergio Jadue durante su administración al mando de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional. En Quilín se le conocía como su “mano derecha”: concentró funciones logísticas, relaciones con clubes y coordinación de viajes de la selección, además de cumplir un papel clave en la organización de la Copa América 2015.
Tras la caída de Jadue y su salida a Estados Unidos, una auditoría forense de Deloitte reveló un escenario de descontrol financiero en la ANFP. En ese informe, Etcheverry apareció directamente mencionado por la asignación de $184 millones para gestiones operativas, de los cuales un 64% —cerca de $117 millones— no contaba con respaldo documental. El propio Etcheverry respondió entonces que nunca se quedó con dinero y calificó las acusaciones como una “mariconada del directorio entrante”, asegurando que todos los fondos fueron utilizados en labores de la selección
.Pese a ese historial, en 2022 reapareció en la primera línea del fútbol nacional al ser contratado como asesor externo de Azul Azul, bajo la presidencia de Michael Clark. Su llegada generó un quiebre interno en el directorio y fuertes críticas desde la Universidad de Chile, que cuestionó públicamente la conveniencia ética de vincular al club con figuras asociadas a la era Jadue. Directores disidentes calificaron su contratación como una “imprudencia total” y denunciaron que se enteraron por la prensa.
Desde entonces, su rol ha ido mucho más allá de la búsqueda de estadios. Ha encabezado reuniones con la Comisión de Árbitros, recomendado abogados para defensas internacionales ante Conmebol y operado como interlocutor político del club en escenarios sensibles. Esa capacidad de moverse en los “pasillos” del poder es, precisamente, el capital que Etcheverry construyó durante el periodo Jadue.
El vínculo entre ambos sigue siendo estrecho. El propio Etcheverry ha reconocido públicamente que Jadue es su “gran amigo” y que mantienen contacto permanente. Incluso ha actuado como una suerte de vocero informal del ex presidente de la ANFP desde Miami, defendiendo su situación personal y relativizando el impacto del escándalo de corrupción que sacudió al fútbol sudamericano.
Por eso, su presencia activa durante los incidentes del debut de la Liga de Primera no pasó inadvertida. Para sus críticos, Etcheverry encarna la persistencia de una vieja escuela dirigencial, donde la operación política pesa más que la transparencia. Para la actual administración de Azul Azul, en cambio, sigue siendo un hombre clave para destrabar conflictos y gestionar crisis.
En medio de un campeonato que arranca marcado por la violencia y con la ANFP exigiendo convertir en ley el Registro Nacional de Hinchas, el nombre de Mauricio Etcheverry vuelve a instalar una pregunta incómoda: cuánto del pasado de Quilín sigue influyendo en el presente de la U, y hasta qué punto las redes construidas en la era Jadue continúan operando tras bambalinas del fútbol chileno.