¿Por qué Chile dejó de producir futbolistas capaces de competir entre los mejores del mundo? Es una pregunta que aparece una y otra vez cada vez que la selección fracasa o queda fuera de una Copa del Mundo. La respuesta suele apuntar a la dirigencia, al trabajo de las divisiones inferiores, a la falta de recambio o a las decisiones de los clubes. Sin embargo, un reciente análisis del periodista Juan Pablo Paonessa propone mirar el problema desde una perspectiva completamente distinta, utilizando a Kylian Mbappé como punto de partida para abrir un debate que trasciende largamente el fútbol.
La pregunta que plantea parece simple. ¿Qué habría pasado si el delantero francés, campeón del mundo y una de las grandes figuras de su generación, hubiese nacido en Chile y no en Bondy, la comuna ubicada al norte de París donde dio sus primeros pasos? La respuesta, sin embargo, no gira en torno al talento del jugador ni a una comparación entre Francia y Chile desde lo futbolístico. La tesis apunta a algo mucho más profundo: las oportunidades que ofrece una sociedad para que un niño pueda descubrir y desarrollar sus condiciones deportivas.
La historia de Mbappé muestra que el fútbol estuvo presente desde sus primeros años. Creció en un entorno donde su padre era entrenador, su madre practicaba deporte y el club de su barrio quedaba a pocos minutos caminando de su casa. No necesitó recorrer grandes distancias para entrenar ni depender de una infraestructura excepcional. Simplemente vivió en un lugar donde existían espacios para jugar y donde el deporte formaba parte de la vida cotidiana de la comunidad.
A partir de esa realidad, el análisis traslada la discusión a Chile y toma como referencia a Quilicura por sus similitudes demográficas con Bondy. Lo que encuentra es un escenario muy distinto. Al revisar las canchas registradas por el Ministerio del Deporte, gran parte de ellas aparecen protegidas por rejas y portones que restringen su uso espontáneo. Más que lugares abiertos para reunirse a jugar fútbol, muchos de esos espacios permanecen cerrados durante buena parte del día, reduciendo precisamente aquello que históricamente permitió que surgieran generaciones completas de futbolistas: jugar por jugar.
La reflexión resulta interesante porque pone el foco en una etapa de la formación que muchas veces pasa inadvertida. Antes de llegar a un club profesional, antes de entrenar con un preparador físico o disputar campeonatos oficiales, cualquier niño pasa cientos de horas jugando con sus amigos en una plaza, una cancha de tierra o una multicancha del barrio. Es ahí donde aprende a dominar la pelota, desarrolla creatividad y, sobre todo, descubre si realmente disfruta el fútbol. Cuando esos espacios comienzan a desaparecer, también disminuyen las posibilidades de que aparezcan nuevos talentos.
Desde esa lógica, el problema no radica únicamente en la calidad del trabajo que realizan los clubes. Si cada vez hay menos niños jugando en los barrios, inevitablemente también habrá menos jóvenes llegando a las escuelas de fútbol con un desarrollo previo. La consecuencia termina siendo evidente: mientras menor sea la base de practicantes, menores serán las probabilidades de encontrar futbolistas excepcionales capaces de competir al máximo nivel.
El análisis también incorpora un elemento poco habitual en las conversaciones deportivas: la planificación urbana. La idea plantea que durante las últimas décadas el crecimiento inmobiliario y comercial terminó privilegiando otros usos del suelo por sobre la creación de parques, plazas y recintos deportivos. Incluso menciona modificaciones legales que facilitaron la venta de antiguos terrenos estatales para proyectos privados, reduciendo espacios que eventualmente podrían haber tenido un destino comunitario. Más allá del debate político que esa interpretación pueda generar, instala una pregunta legítima sobre el lugar que ocupa el deporte en el diseño de las ciudades chilenas.
A esa realidad se suman otros factores que forman parte de la vida cotidiana de miles de familias. Las largas distancias para llegar a un club deportivo, la escasez de instituciones distribuidas por las distintas comunas, la creciente sensación de inseguridad que limita que los niños jueguen en la calle y las reducidas alternativas que ofrecen muchos establecimientos educacionales para practicar distintas disciplinas terminan conformando un escenario poco favorable para el desarrollo deportivo. Ninguno de esos elementos explica por sí solo la crisis del fútbol chileno, pero juntos ayudan a comprender por qué cada vez parece más difícil ampliar la base desde donde surgirán las futuras generaciones.
Naturalmente, sería un error sostener que el presente de la Roja puede explicarse únicamente por la falta de plazas o de canchas abiertas. La formación de entrenadores, la gestión de los clubes, la organización del fútbol joven, las políticas deportivas y las decisiones dirigenciales siguen siendo factores determinantes. Sin embargo, la principal virtud de este análisis es obligar a mirar un problema que casi nunca forma parte de la discusión pública y que, probablemente, comienza mucho antes de que un jugador llegue siquiera a probarse en un equipo profesional.
Durante décadas Chile construyó su identidad futbolística sobre generaciones que crecieron jugando en la calle, en potreros o en canchas improvisadas de barrio. Muchos de los referentes de la llamada Generación Dorada recuerdan precisamente esos espacios como el lugar donde desarrollaron sus primeras habilidades. Hoy esa realidad parece mucho menos frecuente. Las ciudades cambiaron, los espacios públicos disminuyeron y la práctica espontánea del deporte fue perdiendo terreno frente a otras dinámicas urbanas.
Quizás esa sea la mayor fortaleza de la pregunta que instala el ejercicio de imaginar a Mbappé nacido en Chile. No busca responder si la Roja habría ganado un Mundial con un futbolista de ese nivel. Lo verdaderamente incómodo es preguntarse cuántos niños con condiciones extraordinarias nunca llegaron a descubrirlas simplemente porque no tuvieron una cancha cerca de su casa, un club accesible o un espacio donde jugar todas las tardes. Esa es una discusión que trasciende al fútbol y que, probablemente, también dice mucho sobre el país que estamos construyendo.