Universidad de Chile volverá a salir a la cancha con problemas para armar su equipo. Para el duelo de Copa Chile ante Unión La Calera, Fernando Gago no podrá contar con Fabián Hormazábal, Charles Aránguiz, Marcelo Díaz, Nicolás Ramírez y Octavio Rivero. Una situación que ya parece habitual en el Centro Deportivo Azul y que vuelve a poner sobre la mesa una de las grandes interrogantes de la temporada: ¿qué está pasando con el estado físico del plantel?
La baja más reciente es la de Hormazábal, quien sufrió un nuevo desgarro muscular y estará varias semanas fuera de las canchas. No es un caso aislado. Tampoco una excepción dentro de una temporada marcada por las lesiones. Con este episodio, la U ya registra nueve desgarros musculares en apenas seis meses de competencia, una cifra difícil de ignorar para cualquier institución que aspire a pelear títulos.
La lista es extensa. Gabriel Castellón, Matías Zaldivia, Fabián Hormazábal —en dos oportunidades—, Nicolás Ramírez, Marcelo Morales, Juan Martín Lucero, Charles Aránguiz y Bianneider Tamayo han sufrido desgarros durante el año. A ellos se suman otros problemas físicos que han afectado a Diego Vargas, Octavio Rivero, Eduardo Vargas, Lucas Assadi, Marcelo Díaz e Ignacio Vásquez, quien incluso ha debido jugar infiltrado por una lesión en el hombro que arrastra desde marzo.
Las lesiones son parte del fútbol y ningún equipo está exento de ellas. Sin embargo, cuando los problemas musculares comienzan a repetirse de forma sistemática, la discusión deja de centrarse en la mala fortuna. Una lesión puede ser casualidad. Dos también. Pero nueve episodios de desgarro en un mismo semestre obligan a revisar qué está ocurriendo detrás de escena.
Más aún porque el fenómeno no distingue posiciones. Ha afectado a defensores, mediocampistas, delanteros e incluso al arquero titular. Tampoco distingue entrenadores. El problema comenzó durante el ciclo de Francisco Meneghini y continúa bajo el mando de Fernando Gago. Por lo mismo, cuesta atribuirlo exclusivamente a decisiones tácticas o futbolísticas.
La pregunta entonces apunta a otras áreas. ¿Está funcionando correctamente la planificación física? ¿Son adecuadas las cargas de entrenamiento? ¿Los procesos de recuperación están siendo efectivos? ¿Se están tomando las decisiones correctas para evitar recaídas? Son interrogantes legítimas cuando un plantel pierde prácticamente una oncena completa por problemas físicos antes de terminar el primer semestre.
El impacto deportivo ha sido evidente. La U quedó eliminada tempranamente de la Copa Sudamericana, fracasó en la Copa de la Liga y ha transitado buena parte del torneo nacional sin lograr consolidar una formación titular. Cada vez que parece encontrar una base, una nueva lesión obliga a empezar de nuevo. Cada vez que recupera un jugador importante, otro pasa a engrosar la lista de bajas.
Lo más preocupante es que hasta ahora no existe una explicación pública convincente. Los lesionados se acumulan, las recaídas aparecen y la enfermería sigue siendo uno de los lugares más concurridos del club. Mientras tanto, los resultados deportivos siguen deteriorándose y el costo termina pagándolo el equipo dentro de la cancha.
Porque más allá de los errores futbolísticos, las decisiones dirigenciales o los cambios de entrenador, hay un dato imposible de esconder: Universidad de Chile ha sufrido nueve desgarros musculares en seis meses. Y cuando un plantel profesional se rompe con esa frecuencia, la responsabilidad ya no puede recaer únicamente en los jugadores. Alguien debe explicar por qué ocurre. Y, sobre todo, quién se hará cargo de corregirlo.