Era tan obvio lo que podía pasar que el canto contra los dirigentes de Cruzados que retumbó en el Claro Arena estuvo más que justificado. Universidad Católica quedó eliminada de la Copa Libertadores tras perder 3-0 ante Estudiantes de La Plata, cerrando una serie que había quedado completamente abierta después del 1-1 conseguido en Argentina y que representaba una oportunidad enorme para volver a instalarse entre los ocho mejores de América después de 14 años.
Una goleadoa que inevitablemente vuelve las miradas hacia Cruzados y la planificación encabezada por su nuevo presidente, Matías Claro. Católica llegó a los octavos de final, aseguró una importante inyección económica y tuvo la posibilidad de potenciar el plantel de Daniel Garnero para atacar una instancia que el club no alcanzaba desde 2012. Sin embargo, la apuesta fue otra y durante buena parte del mercado la dirigencia decidió mantener prácticamente la misma estructura.
La suspensión de Fernando Zampedri por acumulación de tarjetas amarillas fue el ejemplo más evidente. El capitán había marcado el empate 1-1 en La Plata, pero quedó fuera de la revancha y Garnero debió afrontar el partido más importante del año sin su principal referencia ofensiva y sin un reemplazante de características y jerarquía similares.
Clemente Montes tampoco llegó en plenitud física. Una de las principales armas ofensivas del equipo comenzó en el banco e ingresó para el segundo tiempo, cuando Católica ya necesitaba encontrar respuestas. Fue precisamente Montes quien generó algunas de las aproximaciones más peligrosas, pero su aparición tampoco alcanzó para cambiar una noche que comenzaba a escaparse.
Y el contraste con Estudiantes resultó brutal. Mientras Católica optó por la cautela en el mercado, el cuadro de La Plata decidió potenciarse para competir y realizó una apuesta de jerarquía: repatrió a Joaquín Correa después de 13 años, luego de una extensa carrera en Europa que incluyó su paso por el Inter de Milán. En el Claro Arena, justamente Correa apareció para abrir la cuenta a los 44 minutos.
El segundo golpe llegó comenzando el complemento. A los 52', Guido Carrillo conectó de cabeza y puso el 2-0 que dejó a Católica contra las cuerdas. Garnero buscó respuestas desde el banco con los ingresos de Montes, Matías Palavecino y otros nombres, hasta terminar recurriendo a Amaro Pérez, de apenas 16 años, cuando su equipo necesitaba una remontada para mantenerse con vida en la Copa.
La imagen terminó siendo elocuente. Católica necesitaba goles y buscaba soluciones incluso en uno de los futbolistas más jóvenes de su plantel. Estudiantes, en cambio, administraba una ventaja construida por un equipo preparado para una eliminatoria de esta magnitud. A los 82 minutos llegó la sentencia. Carrillo volvió a aparecer en el área, esta vez tras un centro de Edwin Cetré, y convirtió el 3-0 definitivo. La serie que había comenzado igualada terminó transformándose en una diferencia categórica en Santiago.
Católica dejó escapar mucho más que una clasificación. Desperdició la posibilidad de regresar a los cuartos de final de la Libertadores después de 14 años y lo hizo en su propio estadio, precisamente cuando tenía una llave abierta y la oportunidad de dar un salto internacional.
Por eso la derrota también golpea fuera de la cancha. Cruzados decidió asumir la fase decisiva del torneo sin realizar una apuesta proporcional a la oportunidad que tenía por delante. Estudiantes hizo exactamente lo contrario: se reforzó, elevó la competencia de su plantel y uno de sus fichajes de mayor jerarquía terminó marcando en Santiago. El resultado fue 3-0. Y para Matías Claro y la dirigencia de Cruzados queda una pregunta mucho más incómoda que el marcador: ¿hasta dónde podía haber llegado esta Católica si hubiese decidido apostar de verdad cuando tuvo la oportunidad?