Durante años, el fútbol chileno ha funcionado bajo una lógica que todos conocen, pero que pocos pueden probar: los verdaderos centros de poder no siempre están en los directorios, ni en las juntas de accionistas, ni en los registros oficiales. Están en otro lado. En conversaciones privadas, en intermediarios, en agentes que no figuran en los papeles, pero deciden en los hechos. El caso de Deportes La Serena se convirtió en el símbolo más claro de ese fenómeno.
En julio de 2023, el reportaje El cartel del gol, emitido por Informe Especial de TVN, expuso una trama de influencias cruzadas entre representantes de jugadores y clubes profesionales. En el centro de esa investigación apareció Fernando Felicevich, el agente más poderoso del país, acusado de tener una injerencia directa en decisiones administrativas, deportivas y comunicacionales de varios equipos. Entre ellos, La Serena.
La investigación se sostenía en más de mil páginas de chats filtrados, surgidos de una demanda laboral del entonces gerente general del club, Martín Ossandón. En esas conversaciones, se observaba cómo el entorno de Felicevich —particularmente su socio Daniel Behar— intervenía en temas que excedían con creces el rol de un representante: contratación de jugadores, manejo de crisis, comunicaciones institucionales y toma de decisiones estratégicas.
Sin embargo, tras la emisión del reportaje, la ANFP salió a desmentir categóricamente que Felicevich fuera dueño o controlador formal de Deportes La Serena. Según el organismo, no existía ningún antecedente legal que lo vinculara con la propiedad del club. El mensaje fue claro: no había pruebas, no había irregularidades formales, no había caso.
Tres años después, ese desmentido comenzó a resquebrajarse.
En enero de 2026, el empresario y representante brasileño Regis Marqués concedió una entrevista radial en Chile. No hablaba de La Serena, al menos no directamente. Contaba su intención de convertirse en dueño de un club chileno. En ese contexto, relató que había negociado la compra de Deportes La Serena y que lo había hecho directamente con Fernando Felicevich.
No dijo “hablé con la directiva”. No dijo “hablé con los accionistas”. No dijo “me contacté con los dueños”. Dijo: “Hablé con Fernando Felicevich, le hice una oferta, estamos en un tira y afloja”. Incluso agregó que él podía pedir lo que quisiera, porque “era algo suyo”.
Fue una frase lanzada sin cálculo. Pero fue devastadora.
Por primera vez, un actor externo, sin litigios abiertos, sin conflictos públicos con Felicevich, sin aparente motivación política ni mediática, afirmaba de manera directa que el agente era el dueño del club o, al menos, quien tenía el poder real para venderlo.
Ese testimonio encajaba perfectamente con todo lo que en 2023 se había insinuado, pero que nadie había logrado probar: que el problema no era la propiedad legal, sino el control efectivo.
Porque el verdadero escándalo no es quién firma los documentos. Es quién manda.
En los hechos, la figura de Regis Marqués se transformó en la pieza que faltaba para cerrar el relato. No era un denunciante. No era un periodista. No era un dirigente en guerra con el sistema. Era un empresario que simplemente contó cómo funcionan las cosas.
Y al hacerlo, dejó al descubierto un modelo: clubes que formalmente pertenecen a unos, pero que en la práctica son manejados por otros. Representantes que no aparecen en los papeles, pero deciden fichajes, entrenadores, presupuestos y líneas editoriales. Un sistema que se mueve por fuera de los marcos regulatorios, pero que logra sobrevivir gracias a vacíos legales, complicidades institucionales y silencio dirigencial.
La gravedad del caso no es solo administrativa. Es estructural.
Las normas FIFA prohíben expresamente que agentes de jugadores tengan participación directa o indirecta en clubes profesionales, por el evidente conflicto de interés que eso supone. Un agente no puede representar futbolistas y al mismo tiempo controlar el club que los contrata. No puede fijar precios, comisiones y destinos desde ambos lados del mostrador.
Eso es exactamente lo que este caso sugiere.
En 2023, la ANFP negó que eso ocurriera. En 2026, Regis Marqués contó que negoció la compra de La Serena con quien, según esa misma ANFP, no tenía nada que ver con la propiedad.
La pregunta ya no es si el sistema está podrido. La pregunta es quiénes lo sabían y quiénes lo dejaron funcionar.
Porque este no es solo el caso de La Serena. Es el síntoma de un fútbol donde los controles son decorativos, donde las fiscalizaciones se anuncian pero no se ejercen, y donde la verdad solo aparece cuando alguien habla sin darse cuenta de que está confesando.
Regis Marqués no llegó a Chile a denunciar un sistema corrupto. Llegó a comprarlo. Y, sin quererlo, terminó revelándolo.