El 12 de enero de 2026, Azul Azul S.A. informó a la Comisión para el Mercado Financiero que el director José Ramón Correa Díaz, mediante la sociedad Romántico Viajero SpA, había adquirido 9.600.088 acciones serie B de la concesionaria, alcanzando una participación superior al 21 por ciento. Ese mismo día, Daniel Schapira Eskenazi y Eduardo Schapira Peters presentaron su renuncia al directorio. Con ese acto, la sociedad no solo notificó un cambio de propiedad: confirmó la desaparición del último bloque opositor interno y la consolidación de una mesa directiva homogénea, alineada con el grupo controlador.
Desde ese momento, el directorio de Azul Azul quedó estructurado alrededor de un núcleo duro de poder, encabezado por Michael Clark Varela, cuyo nombre ha pasado de ser el de un ejecutivo de bajo perfil a convertirse en uno de los más cuestionados del mercado financiero chileno. Clark, ingeniero comercial de la Pontificia Universidad Católica y con un MBA en la Universidad de California, construyó su carrera en la banca de inversión y en la asesoría financiera privada. En 2015 fundó Redwood Capital, desde donde comenzó a articular operaciones de alto volumen. Su llegada al fútbol se concretó en 2021, cuando lideró la compra de la concesionaria que controlaba Carlos Heller, a través del Fondo de Inversión Privado Tactical Sport. Desde entonces, ejerce como presidente de Azul Azul y principal articulador de su estructura financiera.
Sin embargo, su figura quedó severamente expuesta en noviembre de 2025, cuando la CMF le impuso una de las sanciones más altas de los últimos años en el mercado de capitales. En su calidad de exdirector de Sartor Administradora General de Fondos, Clark fue multado con 65.000 UF —más de 2.500 millones de pesos— e inhabilitado por cinco años para ejercer cargos directivos en entidades fiscalizadas. La resolución sostuvo que participó en una administración que desvió recursos de los fondos para financiar empresas relacionadas, ocultando esa situación mediante la entrega de información falsa. La sanción fue apelada, pero su sola existencia generó un problema estructural para Azul Azul: su presidente estaba legalmente cuestionado por el mismo regulador que supervisa a la sociedad que él encabeza. Desde ese momento, su continuidad pasó a depender exclusivamente del control accionario que ejerce sobre la concesionaria.
A ese escenario se suma la opacidad que rodeó la compra de Azul Azul en 2021. La estructura del fondo Tactical Sport, el origen de los recursos y la identidad de los aportantes nunca fueron completamente transparentados al público. Esto abrió un flanco permanente de cuestionamientos, tanto desde la hinchada como desde sectores de la propia universidad, que han advertido que la administración de una institución con identidad pública está en manos de un esquema financiero diseñado para minimizar exposición y maximizar control. En otras palabras, nadie sabe realmente quiénes son los controladores de la U.
En la vicepresidencia aparece Cecilia Pérez Jara, abogada y militante histórica de Renovación Nacional, cuyo arribo al directorio no respondió a una trayectoria en la industria del fútbol, sino a su capital político. Pérez fue ministra secretaria general de Gobierno en dos periodos y ministra del Deporte durante la segunda administración de Sebastián Piñera. Su incorporación a Azul Azul, en 2022, fue leída como un movimiento estratégico para dotar a la concesionaria de un puente directo con el mundo gubernamental, los municipios y los organismos públicos.
Su paso por el Ministerio del Deporte, sin embargo, dejó una estela de conflictos. Fue la responsable inicial de la planificación de las obras para los Juegos Panamericanos Santiago 2023, proceso que posteriormente fue calificado como deficiente por la administración siguiente, que debió ejecutar gastos de emergencia para cumplir los plazos. Durante su gestión también se produjeron polémicas por la intervención de sitios de memoria en el Estadio Nacional, donde se instalaron rejas que ocultaban memoriales, situación que fue revertida tras órdenes administrativas. A ello se sumaron cuestionamientos por desaparición de bienes fiscales y por inauguraciones de recintos deportivos sin condiciones operativas básicas. Todo ese historial la convirtió en una figura controvertida en el mundo del deporte, donde su nombre sigue generando resistencia.
En Azul Azul, su poder no ha sido simbólico. Concentra funciones directivas, ejecutivas y de representación pública, y forma parte de instancias vinculadas a decisiones deportivas. Esa acumulación de roles ha generado cuestionamientos internos y externos, especialmente porque su perfil político no siempre dialoga con las necesidades técnicas de una sociedad anónima deportiva. Su presencia refuerza la tesis de que la concesionaria no se gobierna solo con criterios deportivos o financieros, sino también con cálculos políticos.
El tercer nombre clave en la actual estructura es José Ramón Correa Díaz. Abogado de la Universidad de los Andes, con formación en derecho regulatorio, su carrera se desarrolló en espacios de poder antes de llegar al fútbol. En 2006 fue parte de los equipos que defendieron a miembros de la familia Pinochet en el Caso Riggs, lo que marcó su biografía pública. Posteriormente fue jefe de gabinete del Contralor General de la República y asesor en distintos ministerios, construyendo una red de influencia transversal.
Correa llegó al directorio de Azul Azul en 2023 por designación del bloque controlador, pero su verdadero salto ocurrió en enero de 2026, cuando, a través de Romántico Viajero SpA —una sociedad constituida apenas dos meses antes y con un capital inicial de un millón de pesos—, compró el 21,44 por ciento de las acciones que pertenecían a la familia Schapira por un total de 6.700 millones de pesos. La operación eliminó de raíz a los principales opositores internos de Michael Clark y lo convirtió a él en uno de los mayores accionistas individuales de la concesionaria. Desde ese momento, dejó de ser solo un director: pasó a ser un actor central del control societario.
La compra levantó interrogantes inmediatas. El origen de los fondos no fue transparentado públicamente y la estructura de la sociedad instrumental contrastó con el volumen de la operación. Más allá de las formalidades legales, el efecto político fue claro: la disidencia interna desapareció y el directorio quedó completamente alineado con el bloque controlador.
Otro nombre clave es Cristián Aubert Ferrer, uno de los ejecutivos más persistentes en la historia reciente de Azul Azul. Ha ocupado prácticamente todos los cargos relevantes: director, gerente general y presidente. Su retorno al directorio en 2025 fue leído como una señal de continuidad administrativa, pero también como la reafirmación de una lógica de gestión que privilegia la estabilidad corporativa por sobre los cambios estructurales. Aubert ha sido vinculado a la industria del entretenimiento y a grandes eventos, con conexiones con operadores de recintos y ticketing, lo que ha generado cuestionamientos sobre la priorización de intereses comerciales en la administración del club.
Su paso por la Corporación Santiago 2023 lo situó en el centro de la planificación de los Juegos Panamericanos, un proceso que luego fue sometido a auditorías por la administración siguiente. Aunque no fue objeto de sanciones directas, su nombre quedó asociado a una estructura de gestión caracterizada por la tercerización, los contratos opacos y la dependencia de grandes proveedores. En Azul Azul, su rol es el de un articulador interno: no lidera desde lo político ni desde lo financiero, pero garantiza que el engranaje corporativo siga funcionando sin sobresaltos.
Aldo Marín Morales representa una de las incorporaciones más disruptivas del actual directorio. Fundador de un medio partidario vinculado a Universidad de Chile, construyó su influencia desde el mundo digital y desde una relación directa con segmentos de la hinchada. Su ingreso fue presentado como un gesto de apertura hacia perfiles no tradicionales, pero rápidamente se convirtió en una fuente de polémicas. Marín mantiene una relación de amistad y negocios con Victoriano Cerda, histórico controlador de Huachipato, y su empresa se transformó en auspiciadora del club acerero mientras él ya era director de Azul Azul. Este doble vínculo activó cuestionamientos sobre multipropiedad de facto, coordinación informal entre clubes y conflictos de interés.
A diferencia de otros directores, Marín no proviene del mundo financiero ni del aparato estatal, sino del ecosistema comunicacional y empresarial de baja escala, lo que lo convierte en una figura funcional como puente con la hinchada, pero también en un flanco permanente para la administración. Su presencia simboliza una nueva forma de control: no desde la técnica, sino desde la narrativa.
El directorio se completa con dos representantes de la Universidad de Chile: Héctor Humeres Noguer y Andrés Weintraub Pohorille. Ambos encarnan el rol institucional que la casa de estudios debería cumplir dentro de la concesión, pero su peso real es limitado frente a la estructura accionaria. En esa misma línea aparece Juan Pablo Pavez Ureta, representante de los accionistas minoritarios, quedó sin ningún tipo de respaldo al interior de la concesionaria.
En definitiva lo que se consolidó tras el hecho esencial del 12 de enero de 2026 no fue solo un cambio de propiedad: fue un nuevo régimen de gobernanza. Azul Azul dejó de ser un espacio de disputa interna para convertirse en una estructura de control concentrado, donde las decisiones estratégicas se toman sin contrapesos visibles. En ese marco, el club más popular del país quedó administrado por un grupo cuyos integrantes arrastran controversias públicas, sanciones regulatorias y conflictos de interés que, lejos de ser anecdóticos, forman parte constitutiva de su identidad.