La historia de Francisco “Paqui” Meneghini tiene un origen poco habitual para el fútbol profesional. No hay inferiores, ni debut, ni retiro prematuro. Hay, en cambio, obsesión por el juego. A los 17 años, en Rosario, Meneghini era compañero de curso de una de las hijas de Marcelo Bielsa. No era una amistad estratégica ni una cercanía calculada: era la convivencia escolar de un adolescente que respiraba fútbol y que pasaba más tiempo pensando en sistemas, recorridos y pelota parada que en otra cosa. Esa afinidad derivó en una pregunta simple —“¿quieres conocer a mi papá?”— y en un gesto decisivo: una carta escrita a mano con preguntas sobre el juego.
Bielsa lo citó en su casa. Hablaron durante horas. No hubo promesas ni atajos, solo fútbol. Aquella conversación marcó a Meneghini y también abrió una puerta. El joven rosarino comenzó a integrarse al entorno de trabajo del “Loco”, primero en Argentina y luego en Chile, cuando Bielsa asumió la selección nacional. Allí empezó su verdadera formación: análisis de rivales, observación en terreno, informes detallados. Un rol que la prensa caricaturizó como el del “espía”, pero que en la práctica fue escuela pura.
Ese aprendizaje lo llevó a vivir su primer Mundial desde dentro: Sudáfrica 2010. Meneghini fue parte del cuerpo técnico de Bielsa en la Selección Chilena, absorbiendo un método que privilegia el detalle extremo, la convicción y la coherencia. No fue un paso fugaz. Fue una etapa fundacional que definió su forma de entender el fútbol y el trabajo diario.
Tras la salida de Bielsa, el camino continuó con Jorge Sampaoli. Meneghini integró su staff y volvió a cruzarse con Chile desde otro lugar: fue asistente en Universidad de Chile, en los años posteriores al título continental, trabajando codo a codo con Sebastián Beccacece. Conoció el club desde dentro, vivió la presión del entorno, el ruido permanente y la exigencia de competir arriba. No como protagonista, pero sí como parte de un engranaje que funcionaba bajo tensión máxima.
El recorrido internacional se amplió con dos nuevas Copas del Mundo. En Brasil 2014 y en Rusia 2018, Meneghini volvió a ser parte de cuerpos técnicos liderados por Sampaoli, esta vez con la selección argentina. Dos experiencias distintas, contextos complejos, y un aprendizaje acumulado en torneos donde la preparación, la lectura del rival y la gestión emocional marcan diferencias mínimas. A esa altura, ya no era solo un analista joven: era un asistente formado en la elite.
Con ese bagaje, decidió dar el salto. Meneghini asumió como entrenador principal siendo muy joven y comenzó a construir su propio recorrido. Unión La Calera, Audax Italiano, Everton, pasos fuera de Chile y regresos, campañas marcadas por la regularidad más que por el golpe de efecto. Sin títulos, sin grandes vitrinas internacionales, pero con equipos reconocibles, competitivos y sostenidos en el tiempo. Números que rondan o apenas superan el 50% de rendimiento, suficientes para instalarlo en el radar, insuficientes —para algunos— para justificar un salto directo a un grande.