El nuevo reordenamiento en Azul Azul dejó un nombre que no pasa inadvertido: Pablo Silva vuelve al directorio de Universidad de Chile, reactivando inmediatamente un debate que parecía latente. No solo por su historial en la concesionaria, sino por la permanente asociación con Victoriano Cerda, figura que por años ha sido vinculada a la trastienda del control en el club.
El retorno de Silva se da en medio de una nueva configuración de bloques al interior de Azul Azul, donde las fuerzas vuelven a tensionarse en torno a quién ejerce realmente el poder. Y es ahí donde su nombre adquiere peso, porque su presencia no se interpreta como un simple movimiento administrativo, sino como la eventual rearticulación de un sector históricamente ligado a Cerda.
En ese contexto, reaparecen también los episodios que marcaron su paso anterior. Uno de los más recordados es el caso de Yeferson Soteldo, en 2018, cuando la U pagó cerca de US$1,28 millones solo por su préstamo. Una cifra que en su momento fue calificada como una apuesta fuerte, pero que con el paso del tiempo quedó bajo cuestionamiento por su escaso retorno económico para el club.
Aquella operación se transformó en un símbolo de una forma de gestionar: alto desembolso inmediato, sin asegurar patrimonio y con beneficios que terminaron fuera de la institución tras la rápida salida del jugador al extranjero. Más allá del rendimiento deportivo, el negocio dejó dudas profundas sobre la toma de decisiones en ese periodo.
Por eso, el regreso de Silva no se analiza de manera aislada. Se inserta en una historia mayor, donde su nombre aparece ligado a decisiones estructurales y a una influencia que, para muchos, sigue teniendo como telón de fondo la figura de Cerda.
Así, en un momento en que Universidad de Chile intenta redefinir su rumbo institucional, la vuelta de Silva vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda, pero recurrente: quién toma realmente las decisiones en la U y bajo qué lógica se construye su futuro.