La historia reciente de Natalia Duco ha sido presentada casi como una épica. Así lo enmarca el propio titular de La Tercera: “Natalia Duco: la profunda reconstrucción personal de la futura ministra del Deporte”. El encabezado no es un detalle menor. Define el tono, sugiere una redención y orienta la lectura hacia un relato emocional que desplaza a segundo plano el hecho central: en 2018, la lanzadora de bala dio positivo por una sustancia prohibida por la Agencia Mundial Antidopaje (WADA) y fue sancionada con tres años de suspensión, una de las penas más duras que contempla el reglamento internacional.
Duco fue encontrada culpable de dopaje tras arrojar positivo por GHRP-6, un péptido utilizado para estimular la producción de hormona de crecimiento, sustancia incluida en la lista de prohibiciones de la WADA. El castigo la dejó fuera de competencias internacionales, truncó su opción olímpica y marcó el cierre práctico de su carrera de alto rendimiento. El dato es concreto: no fue una infracción administrativa ni un error burocrático, sino una violación a la regla más elemental del deporte competitivo: competir en igualdad de condiciones.
Sin embargo, en la cobertura reciente, ese hecho aparece diluido en una narrativa de superación personal. El reportaje recoge voces que apuntan en esa dirección. Juan Luis Carter, expresidente de la Federación Atlética de Chile, es citado con una frase que sintetiza ese enfoque: “Hay que ser valiente para volver”. La frase no cuestiona el acto, no problematiza la falta, sino que instala la idea de un retorno heroico, como si el dopaje fuera un traspié emocional más que una transgresión ética.
En la misma línea, el exdirector nacional del Instituto Nacional de Deportes, Israel Castro, justifica el protagonismo público de Duco poniendo el acento en su capacidad de conexión social. “Nosotros buscábamos alguien que tuviera ascendencia sobre las niñas y niños. Y eso involucraba que tuviera seguidores en las redes sociales y cierta figuración que pudiera conectar con la población menor. En el caso de ella, eso funcionó muy bien”, señala. Más adelante, agrega: “Primero, conoce todo el mundo del deporte, conoce bien el IND y el deporte siempre convive con la política, porque está inserto en el sistema político. Seguramente eso va a ser un aprendizaje para ella en la función que va a desarrollar”.
Castro también aborda directamente el episodio del dopaje, pero lo hace desde una lógica administrativa, no ética. “Siempre uno analiza cada decisión con todas las aristas que puede tener. Pero yo creo que, cuando una persona es sancionada por algún hecho y cumple esa sanción, no veo el motivo para que siga siendo sancionada socialmente”, afirma. La frase instala una premisa clave del blindaje discursivo: el castigo deportivo sería suficiente para clausurar cualquier cuestionamiento posterior.
Esa idea es llevada aún más lejos por el senador Sebastián Keitel, exatleta olímpico, quien defendió públicamente su eventual nombramiento. “Natalia es una mujer deportista olímpica, campeona del mundo junior, finalista en los Juegos Olímpicos, además es psicóloga de profesión y ha estado muy metida a través de los municipios y, recientemente, fue parte del IND”, señaló. Keitel destacó que “conoce mucho del mundo deportivo como tal y lo que ha hecho tras su retiro”, y sostuvo que “es un conjunto de cosas que son muy importantes en el momento de analizar quién puede liderar el deporte en Chile”.
Sobre el caso de dopaje, el senador fue aún más explícito en relativizarlo: “Lo de la WADA es parte de la relación que un ministro o ministra debe tener representando a un país, pero es uno de las decenas o cientos de organismos con los cuales uno se relaciona como ministro”. Luego añadió: “La Natalia ya fue sancionada, tuvo tres años, prácticamente fue casi el término de su carrera deportiva, y uno no puede seguir la sanción deportiva a nivel administrativo pensando en una futura ministra”. Y remató: “Entonces, recibió su castigo, insisto. Toda su carrera profesional se terminó. ¿Por qué la seguimos castigando?”.
Ese razonamiento —castigo cumplido, tema cerrado— contrasta con lo que el propio Juan Cristóbal Guarello escribió en 2018, cuando estalló el caso. En una columna publicada en La Tercera, el periodista fue directo al cuestionar la reacción generalizada frente al positivo. “Con el dopaje de Natalia Duco, las reacciones en general han sido de hundir el hecho concreto, atenuar su gravedad, silenciarlo o, cuando no, descalificarlo”, escribió. En ese texto advertía que la defensa emocional y corporativa no solo no ayudaba a Duco, sino que dañaba al deporte chileno. “¿Qué significa ‘apoyar para que su caso sea tratado con transparencia’? ¿Es que existía alguna posibilidad de que las normas fueran injustas con Duco? No tiene sentido”, apuntó. Y concluyó: “Blindar a Natalia Duco o negar los hechos no la ayuda a ella ni al deporte chileno”.
Hoy, a casi ocho años del caso, ese blindaje no solo se mantiene, sino que se ha sofisticado. Ya no se trata solo de defender a la atleta, sino de presentarla como símbolo de resiliencia, liderazgo y superación, sin que el dopaje ocupe el lugar central que debería tener en cualquier evaluación ética de su figura pública.
El problema no es si Duco cumplió o no su sanción. La cumplió. El problema es otro: el dopaje no es una falta menor, ni un error humano trivial, ni una confusión administrativa. Es la negación del principio básico del olimpismo: competir en igualdad de condiciones. Convertir ese hecho en un episodio secundario dentro de una historia de “reconstrucción personal” implica relativizar su gravedad y enviar un mensaje peligroso a las nuevas generaciones de deportistas.
Cuando el titular habla de “reconstrucción”, cuando las fuentes hablan de valentía, cuando los dirigentes enfatizan su llegada a la televisión o su carisma social, y cuando los políticos reducen el dopaje a un trámite ya resuelto, lo que se construye no es solo una biografía amable. Se construye una narrativa que limpia la imagen del acto más condenable que puede cometer un deportista profesional.
Ese es el punto de fondo: no se está discutiendo si Natalia Duco merece una segunda oportunidad como persona. Se está discutiendo si alguien que quebró la regla más sagrada del deporte puede ser la máxima autoridad política de ese mismo sistema. Y esa pregunta, por ahora, sigue siendo cuidadosamente evitada.