La noticia sobre el delicado estado de salud de Miguel Ángel Russo, quien permanece internado con pronóstico reservado, ha despertado una ola de recuerdos en la hinchada azul. Para los fanáticos de la Universidad de Chile, su nombre evoca un tiempo de ilusiones continentales, polémicas arbitrales y un cierre abrupto de ciclo. Su paso por el club, en 1996, fue tan intenso como breve: un año que lo llevó a rozar la gloria internacional y a convivir con el desencanto local.
Russo llegó a la banca de la U en un contexto complejo. El equipo venía de un bicampeonato bajo Jorge Socías, y la exigencia era mayúscula: mantener el dominio interno y dar el salto internacional. Con un plantel estelar —Marcelo Salas, Leo Rodríguez y Sergio Vargas entre otros — el técnico argentino buscó un estilo más táctico, compacto y pragmático. La apuesta rindió frutos en la Copa Libertadores de 1996, donde el cuadro azul alcanzó las semifinales, igualando el mejor registro histórico del club.
La gesta, sin embargo, terminó envuelta en drama. En aquella llave frente a River Plate, la U fue eliminada por el gol de visitante tras un empate global 2-2. Los reclamos por el arbitraje fueron inmediatos. Años después, el propio Russo reconocería: “Mi mayor derrota fue no ganar la Libertadores con la U”, una frase que, viniendo de quien años más tarde levantaría el trofeo con Boca Juniors, refleja la profundidad de aquel desencanto.
La campaña local fue la otra cara del ciclo. Mientras el equipo brillaba en el ámbito continental, su rendimiento en el campeonato chileno se desplomaba. Terminó quinto, a 16 puntos de Colo Colo, perdiendo el tricampeonato y la clasificación directa a la siguiente Libertadores. A la falta de consistencia se sumaron episodios de tensión, como el recordado Superclásico de 1996, que terminó con la U con tres expulsados y el arquero reemplazado por un jugador de campo. Aquella noche, que selló la derrota 0-2 ante los albos, simbolizó la pérdida del control emocional del plantel.
Pese a las críticas, su equipo dejó una huella táctica y emocional en el club. Russo enseñó a competir sin complejos ante gigantes sudamericanos, consolidando una estructura que sería el punto de partida de futuras generaciones. En la memoria azul permanece como el técnico que enseñó a mirar más allá del torneo local, aunque el precio de esa ambición fue alto.
Cuando el calendario de 1996 llegó a su fin, Russo partió de manera silenciosa, sin rupturas públicas ni escándalos mediáticos. Su paso por la U fue un capítulo intenso, donde el éxito y la frustración convivieron como las dos caras de una misma historia. Hoy, mientras el mundo del fútbol sigue con atención su estado de salud, aquel ciclo de la “U de Russo” vuelve a la memoria como una travesía inconclusa, marcada por el coraje, la polémica y la convicción de un técnico que, incluso en la derrota, dejó una huella imborrable en el fútbol chileno.