La llegada de Michael Clark a la presidencia de Azul Azul coincidió con un periodo crítico en la banca de Universidad de Chile. El primer nombre elegido por la concesionaria fue el colombiano Santiago Escobar, contratado para liderar el proyecto deportivo de 2022. Su ciclo duró apenas cuatro meses. Tras una seguidilla de malos resultados —11 partidos con sólo tres triunfos, 33% de efectividad— el equipo quedó peligrosamente cerca de la zona de descenso. La derrota frente a Audax Italiano aceleró reuniones internas que terminaron con la cancelación de una práctica y el anuncio de su salida. A nivel interno ya existía un desgaste evidente en la relación entre el técnico y la gerencia deportiva, lo que hizo inviable su continuidad.
El reemplazante fue Diego López, presentado como un entrenador capaz de entregar orden y competitividad inmediata. Sin embargo, su proceso duró menos de cuatro meses. Ocho duelos consecutivos sin ganar, un equipo atrapado en la parte baja de la tabla y un rendimiento que no repuntaba llevaron a la dirigencia a poner fin anticipado a su contrato. En total 13 partidos, con 5 derrotas, 5 empates y apenas 3 triunfos para un pobre 36% de rendimiento. El club comunicó la decisión como un término acordado entre ambas partes, aunque el factor determinante fueron los resultados y el riesgo real de volver a pelear el descenso. Su salida dejó instalada la sensación de que la U no lograba sostener ni siquiera un semestre de trabajo técnico.
En 2023 asumió Mauricio Pellegrino, un técnico con mayor recorrido internacional y una propuesta más pragmática. Su campaña quedó dividida en dos mitades: una primera rueda sólida y una segunda profundamente irregular que terminó por marginar al equipo de los torneos internacionales. Al finalizar el campeonato, la dirigencia comunicó al entrenador que no continuaría en 2024. La notificación se hizo con anticipación y se mantuvo en reserva para no alterar la preparación de la última fecha. Su salida fue oficializada apenas terminó el triunfo sobre Ñublense, cerrando un ciclo que, si bien tuvo momentos de estabilidad, no cumplió con los objetivos competitivos planteados. 44,66% gracias a 12 triunfos, 13 derrotas y 7 empates en sus 32 partidos dirigidos.
Tras tres intentos fallidos, la U encontró estabilidad recién en 2024 con la llegada de Gustavo Álvarez. Su equipo logró instalar una identidad reconocible, mejorar el rendimiento y devolver al club a un nivel competitivo sostenido. Por primera vez en la era Clark, un técnico logró mantenerse dos temporadas consecutivas, rompiendo un patrón de desvinculaciones breves y decisiones reactivas que marcaron los años anteriores. Su continuidad no sólo representó un acierto deportivo, sino también el primer indicio de continuidad en un periodo donde la banca azul había sido sinónimo de urgencia y transitoriedad.
Álvarez, hasta antes de las dos últimas fechas del torneo nacional, tiene 91 partidos con la U: 52 victorias, 19 empates y 20 derrotas que lo ponen por lejos como el mejor de la era Clark. Un rendimiento cercano el 64% que tendrá que ser reemplazado para 2026. Veremos si la apuesta vuelve a funcionar otra vez o, como fue la tónica, el proyecto se cae estrepitosamente.