Finalmente, Universidad de Chile se decidió por Francisco “Paqui” Meneghini para reemplazar a Gustavo Álvarez, descartando la opción del portugués Renato Paiva. La elección no es menor: llega en un momento límite para el club, con nueve años sin títulos y con un 2026 que se juega muy temprano, en marzo, cuando un partido único ante Palestino definirá el acceso a la fase de grupos de la Copa Sudamericana y, con ello, la presencia internacional durante toda la temporada. No hay margen de error. Y en ese escenario, el currículum del nuevo entrenador queda inevitablemente bajo la lupa.
Meneghini supera los 200 partidos oficiales como director técnico, con una trayectoria marcada por regularidad y procesos sostenidos, pero también por límites evidentes cuando se analiza su rendimiento club por club. En Unión La Calera, su primer ciclo cerró con 32 partidos dirigidos y un 51% de rendimiento, mientras que en su segundo paso por el mismo club alcanzó 23 encuentros y un 49%. En Audax Italiano, en tanto, dirigió 25 partidos y registró un 41% de efectividad, el punto más bajo de su carrera en el fútbol chileno.
El proceso más extenso del técnico argentino fue en Everton de Viña del Mar. Allí acumuló 78 partidos oficiales con un 47% de rendimiento, cifras suficientes para sostener proyectos, pero que nunca se tradujeron en un salto competitivo decisivo. Su única experiencia en el extranjero fue en Defensa y Justicia, donde el paso resultó corto y contundente: 10 partidos dirigidos y apenas un 23% de rendimiento, el registro más débil de todo su recorrido profesional.
El mejor argumento a favor de Meneghini aparece en O’Higgins. En Rancagua dirigió 36 partidos, sumó 62 puntos, alcanzó un promedio de 1,72 puntos por partido y un 57% de rendimiento, el más alto de su carrera. Es, sin discusión, su versión más sólida: un entrenador capaz de maximizar recursos y competir con orden en un club de presión media.
El problema surge cuando se aísla la experiencia internacional, un factor clave para el desafío inmediato de la U. En Copa Libertadores dirigió cuatro partidos, con una victoria y tres derrotas. Tres puntos de doce posibles, un 25% de rendimiento y una eliminación temprana que expone la fragilidad del margen en este tipo de competencias.
En Copa Sudamericana los números mejoran, pero sin transformarse en un respaldo concluyente para escenarios de eliminación directa. En total, Meneghini registra 16 partidos en el torneo, con seis triunfos, cuatro empates y seis derrotas. Veintidós puntos sobre 48 posibles y un 46% de rendimiento. Es un balance competitivo, pero lejos de lo que se espera de un técnico que debe resolver partidos sin red.
Ese es el núcleo del debate que se abre con su llegada a la U. Meneghini representa método, continuidad y crecimiento progresivo, pero no exhibe antecedentes de impacto inmediato en clubes grandes ni en contextos de máxima presión. Su carrera está construida sobre procesos largos y rendimientos medios-altos, no sobre golpes de autoridad cuando el margen es cero.
Los números no condenan a Meneghini, pero sí delimitan el riesgo que asume el club. Su mejor rendimiento está lejos de la urgencia por títulos y su historial internacional no entrega certezas en partidos decisivos. Para una Universidad de Chile que lleva casi una década sin campeonar y que se jugará gran parte de su año en un solo partido en marzo, la conclusión es clara: no es una apuesta segura. Es una apuesta arriesgada. Y el margen para fallar, esta vez, es mínimo.