El 29 de diciembre, Francisco Meneghini fue presentado como el nuevo entrenador de Universidad de Chile en medio de altas expectativas. La dirigencia anunció refuerzos de peso, especialmente en ofensiva, con la llegada de tres delanteros para reemplazar a los que partieron. Sin embargo, la planificación dejó grietas evidentes: el plantel quedó desbalanceado y sin las piezas necesarias para sostener el esquema que el propio técnico pretendía implementar.
Las primeras señales de alerta no tardaron en aparecer. En el amistoso ante Universitario en Lima, Meneghini apostó por una formación altamente improvisada: Eduardo Vargas como extremo izquierdo, Javier Altamirano cargado a la derecha y un equipo que nunca encontró funcionamiento. El resultado fue un categórico 0-3 que encendió las primeras dudas sobre la conducción del equipo.
El empate ante Audax Italiano, condicionado por los incidentes en el Estadio Nacional, puede ser el resultado menos atribuible al entrenador. Sin embargo, dejó una postal preocupante: la gestión de Eduardo Vargas. El delantero ingresó recién a los 90 minutos, siendo relegado como tercera opción detrás de Juan Martín Lucero —recién llegado— y Octavio Rivero, evidenciando una tensión interna que nunca fue bien resuelta.
Lejos de estabilizarse, el equipo entró en una dinámica de cambios constantes. Ante Huachipato, Meneghini modificó completamente el esquema, marginó a Lucas Romero del eje y sorprendió con el juvenil Diego Vargas como lateral izquierdo, en una apuesta que terminó exponiendo al equipo. Luego, frente a Palestino, volvió a mover piezas: Javier Altamirano salió del equipo tras un bajo rendimiento, pero la U perdió aún más profundidad ofensiva.
La confusión táctica alcanzó su punto máximo en el duelo ante Deportes Limache. Charles Aránguiz fue ubicado como único volante de contención, una decisión que, pese al despliegue del experimentado mediocampista, terminó por aislarlo y desaprovechar su influencia. A sus 36 años, el bicampeón de América sigue siendo el mejor jugador del equipo, pero en un contexto que no potencia sus virtudes.
Durante ese mismo encuentro, Meneghini volvió a intervenir sobre una estructura que, dentro de su precariedad, parecía comenzar a asentarse. Movió a Fabián Hormazábal como lateral izquierdo, sacando a Felipe Salomoni, y desarmó nuevamente el fondo. A eso se sumó una señal aún más preocupante: la falta de personalidad para tomar decisiones con los referentes. Eduardo Vargas, visiblemente mermado físicamente, se mantuvo en cancha pese a no estar en condiciones para sostener los últimos 30 minutos.
Pero más allá de las decisiones puntuales, el problema de fondo es otro. Con Meneghini, el plantel completo ha retrocedido en su rendimiento respecto a 2025. Matías Zaldivia perdió solidez defensiva, Hormazábal dejó de ser factor por la banda derecha, Aránguiz aparece cada vez más solo, y Lucas Assadi ya no muestra la frescura que lo había convertido en uno de los puntos altos del segundo semestre pasado.
Pese a todo, el discurso del entrenador parece ir en otra dirección. “Reaccionamos bien, el equipo mostró buen juego, los dominamos y generamos los espacios que queríamos y los atacamos. En el segundo tiempo comenzamos en esa línea, la salida de Assadi cambió algunas cosas, pero seguimos atacando”, aseguró tras el duelo ante Limache.
Una lectura que contrasta con lo que muestra la cancha. Porque mientras Meneghini defiende su proceso, la U sigue sin identidad, sin funcionamiento y con un equipo que, lejos de evolucionar, parece ir en retroceso. Un ciclo que, a juzgar por las señales, comienza a acercarse peligrosamente a su fecha de vencimiento.