Joaquín Óscar Larrivey no es un delantero común. Su carrera, que comenzó hace más de veinte años, parece una novela cargada de capítulos que van desde la gloria al cuestionamiento, desde la polémica al renacer, desde Europa al sur de Chile. Hoy, mientras lidera a Deportes Concepción hacia el sueño del ascenso, su biografía completa revela a un futbolista que jamás aceptó rendirse.
Nacido en Buenos Aires en 1984, Larrivey se formó en Huracán, donde debutó en 2004. En Parque Patricios mostró desde temprano la mezcla que lo acompañaría toda su vida: físico, intuición goleadora e inteligencia para encontrar espacios en el área. En cuatro temporadas acumuló casi cien partidos y 29 goles, rendimiento suficiente para ser comprado en 2007 por el Cagliari de Italia. Con 23 años, dejaba su país para entrar en el mundo táctico y complejo de la Serie A.
Su relación con el Cagliari sería larga y caótica. El club lo mantuvo bajo contrato cinco temporadas, pero lo prestó varias veces en busca de rodaje. Alternó minutos en la Serie A con cesiones que marcarían profundamente su carrera: Vélez Sarsfield en Argentina, Tigre como segundo retorno al país, y más tarde el Rayo Vallecano en España. Esos préstamos fueron más que simples movimientos de mercado: moldearon su estilo, afinaron su lectura del área y le dieron golpes que lo acompañarían toda la vida.
Pero nada sería más recordado que su regreso a Argentina en 2009 para jugar en Vélez. Allí protagonizó, sin buscarlo, uno de los episodios más polémicos del fútbol argentino moderno. En la final del Clausura, frente a Huracán, chocó con el arquero Gastón Monzón en la jugada que terminó con el gol de Maximiliano Moralez. El árbitro Gabriel Brazenas no cobró falta, Vélez fue campeón y Huracán estalló en indignación. Años después, el propio Larrivey admitiría que él, en la posición del árbitro, hubiese cobrado infracción. Esa sinceridad lo convirtió en símbolo de una polémica que hasta hoy genera debate.
Tras ese capítulo tóxico, Europa volvió a abrirse para él. En el Rayo Vallecano vivió uno de sus mejores momentos, convirtiéndose en una pieza clave para mantener la categoría en España. Su paso lo llevó al Celta de Vigo, donde consolidó dos temporadas de gran rendimiento. Fue su etapa más respetada en el Viejo Continente: goles importantes, regularidad y una conexión inmediata con la hinchada gallega, que apreciaba su esfuerzo y capacidad competitiva.
Luego llegó la etapa global. Entre 2015 y 2019 pasó por el Al-Arabi de Qatar, Baniyas de Emiratos Árabes Unidos y JEF United Chiba en Japón. En Asia y Medio Oriente encontró estabilidad económica y deportiva, pero también un ritmo de competencia que muchos delanteros utilizan como antesala del retiro. Larrivey, sin embargo, no estaba listo para eso. Su carrera todavía tenía capítulos por escribir.
En 2020, a los 35 años, aterrizó en Universidad de Chile y cambió su historia para siempre. Llegó a un club en plena crisis institucional, con malos resultados deportivos y con la sombra del descenso asechando. En ese entorno, Larrivey no solo respondió: se transformó en el mejor jugador del equipo y en el último gran goleador azul. Marcó 43 goles en 74 partidos, una cifra monumental en dos temporadas marcadas por la inestabilidad. Más allá de los números, se ganó un cariño profundo por convertir en momentos clave y por sostener emocionalmente a un plantel que se desmoronaba.
Pero su salida fue tan dolorosa como su presencia fue determinante. Creyó que renovaría. Le dijeron que seguiría. Le prometieron continuidad. Luego, le cerraron la puerta. “Me mintieron”, diría él con la franqueza que lo caracteriza. Los nombres de Cristián Aubert, Luis Roggiero y Michael Clark quedaron asociados a ese adiós traumático. Para los hinchas, su salida sigue siendo uno de los mayores errores dirigenciales del periodo reciente.
Tras despedirse de la U, pasó por Magallanes, donde vivió un breve pero exitoso ciclo goleador. Parecía el final de una carrera larga, digna y llena de viajes. Pero Larrivey eligió otro camino completamente inesperado: firmar con Deportes Concepción para liderar un proyecto histórico desde el ascenso.
Hoy, en 2025, con 41 años, es el corazón competitivo del club lila. Capitán, referente, líder y goleador absoluto. En la Liguilla para regresar a Primera División anotó todos los goles del equipo. Todos. Los cinco. Y en la llave contra Deportes Copiapó fue decisivo: marcó en la ida, marcó en la vuelta y dejó al “León de Collao” a un paso del regreso a la máxima categoría.
Su vigencia es un acto de rebeldía contra el tiempo. Su liderazgo, un ejemplo para un plantel joven que lo ve como un modelo profesional. Su presencia, un recordatorio de que el fútbol premia a quienes nunca dejan de creer en sí mismos.
En un deporte que suele olvidar rápido, Joaquín Larrivey sigue escribiendo capítulos inolvidables. Fue promesa, fue exportación, fue polémica, fue ídolo, fue traicionado y hoy es símbolo de renacimiento. Su historia no se cuenta en goles, aunque tenga cientos; se cuenta en resiliencia.
Las mil historias de Larrivey siguen vivas. Y quizá, dentro de poco, sumen una más: el ascenso de Deportes Concepción, liderado por un delantero que se negó a desaparecer.