La reciente negación de Gustavo Álvarez sobre cualquier vínculo con Fernando Felicevich volvió a poner bajo la lupa la red de influencia del empresario argentino, cuyo alcance ya no se limita al fútbol chileno. Mientras en Chile su nombre se asocia a polémicas por el supuesto control de clubes y la intermediación en contratos comerciales, en Perú su agencia, Vibra Fútbol, avanza con paso firme y discreto, consolidando una presencia estructurada y de alto impacto en el ecosistema local.
Según un informe analítico sobre la penetración de Vibra en el fútbol peruano, Felicevich formalizó la instalación de una oficina física en Lima, ubicada en Javier Prado Oeste 757, una decisión que marca un cambio respecto a su modelo remoto de gestión. La agencia controla hoy un grupo selecto de seis jugadores del pool de la Selección Peruana, con un valor promedio de mercado de €1,29 millones por jugador, muy por encima de otras agencias locales. Más que cantidad, Vibra busca activos de élite y operaciones de exportación de alto retorno económico.
El caso más emblemático fue el traspaso de Marcos López al Feyenoord en 2022, considerado el fichaje más relevante del fútbol peruano ese año. Ese movimiento consolidó la credibilidad de Vibra Fútbol como puente hacia Europa y reforzó su reputación ante jóvenes talentos y clubes necesitados de ingresos por venta de jugadores.
Pero detrás de ese éxito deportivo, el modelo Felicevich replica un patrón ya conocido en Chile: controlar los activos más valiosos para influir en estructuras deportivas y comerciales. En su país natal, el agente ha sido vinculado al manejo indirecto de clubes como Deportes La Serena, Audax Italiano e influencias que llegan incluso a los pasillos de la Universidad de Chile. En Perú, su estrategia se enfoca en los clubes vulnerables económicamente, ofreciéndoles acceso a mercados internacionales a cambio de una presencia cada vez mayor en las decisiones deportivas.
A ello se suma su capacidad para operar como intermediario en contratos de patrocinio —especialmente con casas de apuestas—, un negocio que en Chile le ha permitido expandir su poder más allá de la representación de jugadores. En un contexto de crisis de gobernanza en la Federación Peruana de Fútbol (FPF), marcada por disputas de derechos televisivos y la investigación por presunto enriquecimiento ilícito contra su presidente, Agustín Lozano, el terreno para este tipo de influencia se vuelve fértil.
El riesgo para el balompié del país vecino es que Vibra Fútbol logre consolidar un “ecosistema cerrado” similar al que ha sido denunciado en Chile: una estructura donde el agente no solo representa jugadores, sino que intermedia contratos, controla narrativas y se posiciona como socio imprescindible para la supervivencia financiera de los clubes.
Mientras Felicevich mantiene silencio público y figuras como Álvarez se desmarcan de cualquier vínculo, su huella en el fútbol peruano sigue creciendo. En un entorno institucional débil y económicamente presionado, la red de Vibra se expande al amparo de la necesidad, consolidando a su creador como uno de los actores más influyentes —y cuestionados— del fútbol sudamericano.