La caída frente a Huachipato en Talcahuano fue algo más que una derrota. Para Universidad de Chile, el 1-2 de la fecha 2 terminó por acelerar un escenario que suele aparecer más adelante en los procesos: ruido interno, cuestionamientos públicos y un vestuario que empieza a interpretar —y juzgar— a su entrenador.
El equipo de Paqui Meneghini volvió a mostrar problemas estructurales, poca claridad ofensiva y fragilidad defensiva. Pero el daño mayor no estuvo solo en el juego. Tras el pitazo final, la sensación fue que el proyecto, recién iniciado, ya entraba en una zona de evaluación precoz, con jugadores que comenzaron a marcar distancia del DT en el discurso.
Las palabras de Charles Aránguiz fueron el mejor reflejo de ese momento: “Es un proceso nuevo, falta un poco de tiempo para adaptarnos a él, pero el partido pasa por nosotros los jugadores… más por los jugadores y no por el técnico”. En la misma línea, Gabriel Castellón reforzó la idea de que el foco debía estar en la actitud y la atención a los detalles dentro de la cancha.
El mensaje, aunque políticamente correcto, abre un paraguas llamativo para un ciclo que apenas suma dos fechas. En el fondo, el plantel instala una lectura conocida en el fútbol moderno: el entrenador propone, pero si el equipo no responde, la responsabilidad se desplaza rápidamente hacia los propios futbolistas, descomprimiendo al DT… al menos en el relato.
Ese contexto explica también la molestia visible de Eduardo Vargas, arrastrada desde el debut ante Audax Italiano. En la fecha 1, el delantero ingresó recién al minuto 90’, habilitado solo por la expulsión de Juan Martín Lucero, una señal clara de que en la consideración inicial estuvieron antes Octavio Rivero y el propio Lucero. Para un referente, ese tipo de decisiones no pasan inadvertidas.
Meneghini, en su único ensayo más fiel a su idea, intentó un equipo con extremos de alto sacrificio defensivo —Vargas y Javier Altamirano retrocediendo hasta línea propia—, Lucas Assadi como enganche, dos volantes centrales y una línea de cuatro clásica. Sin embargo, al primer golpe, el DT ajustó y volvió a un esquema más cercano a lo que había dejado Gustavo Álvarez.
En el fútbol de hoy, ese tipo de virajes se leen rápido. El jugador interpreta, concluye y etiqueta. Cuando percibe dudas o falta de convicción, el diagnóstico suele ser lapidario: “el técnico está perdido”. Y desde ahí, tristemente, el equipo empieza a remar al revés.
La derrota ante Huachipato, entonces, no solo sumó otra preocupación en la tabla. Instaló una pregunta incómoda en la interna azul: ¿está el plantel realmente convencido del camino que propone Meneghini, o el juicio al entrenador ya comenzó antes de tiempo? En la U, como casi siempre, el margen para responder es mínimo.