Juan Martín Lucero rompió en llanto tras su nueva lesión en Universidad de Chile, una imagen potente que resume su presente. Pero más allá del golpe emocional, lo cierto es que su momento no sorprende. Lo que hoy vive el delantero azul es la continuidad de una caída que viene desde hace casi un año.
El dato es contundente. El último gol oficial de Lucero fue el 10 de mayo de 2025, cuando aún jugaba en Fortaleza. Desde entonces, el delantero arrastra una racha que supera los 20 partidos sin convertir, una sequía que ya venía instalada antes de aterrizar en la U. No es un bajón reciente: es una tendencia.
Y en 2026, esa tendencia no se ha movido un centímetro. En sus primeros partidos con Universidad de Chile suma 0 goles, con una producción ofensiva extremadamente baja: promedia apenas 1,5 remates por partido, de los cuales solo 0,8 van al arco, además de registrar ocasiones claras desperdiciadas sin poder romper la sequía. Es decir, no solo no convierte, sino que tampoco genera volumen ofensivo suficiente para justificar su presencia como referencia de área.
El problema también se refleja en su comportamiento en cancha. Su mapa de calor lo muestra lejos del área, participando más en zonas intermedias que en posiciones de finalización. Un “9” que no pisa el área con frecuencia, que no se impone físicamente y que no logra transformarse en opción constante de gol.
Pero lo más relevante es el contexto. Universidad de Chile fichó a un delantero que llevaba meses sin convertir, en un mercado donde además sumó otras piezas ofensivas con bajo presente. El resultado está a la vista: un equipo sin gol, sin peso ofensivo y completamente dependiente de chispazos individuales.
Lucero hoy genera preocupación, incluso desde lo emocional. Pero en lo futbolístico, su presente no es una sorpresa. Es la consecuencia directa de una apuesta que, desde los números, ya venía mostrando señales de riesgo mucho antes de concretarse.