La partida de Joaquín Larrivey de Universidad de Chile sigue siendo uno de los capítulos más tensos de la administración reciente. El argentino, autor de 43 goles en 74 partidos, se transformó en el sostén ofensivo de un equipo que vivió dos años bordeando el abismo deportivo. Sin embargo, su salida se decidió justo cuando comenzaba a instalarse un nuevo orden interno bajo el mando de Michael Clark, una coincidencia que no pasó inadvertida para quienes siguieron el caso de cerca.
El rendimiento del delantero era indiscutible: 20 goles en 32 partidos solo en el Campeonato Nacional 2021, además de cuatro tantos en Copa Chile. Su promedio de 0,58 goles por encuentro lo ubicó entre los atacantes más efectivos del fútbol chileno en ese periodo. Aun así, la dirigencia optó por no renovarlo.
La explicación oficial apuntó a un “proyecto deportivo” distinto y a la necesidad de ajustar el presupuesto. La política de austeridad impulsada por la concesionaria convirtió el contrato del goleador —cercano a los 70 millones de pesos mensuales— en un objetivo a recortar. En paralelo, la llegada del gerente deportivo Luis Roggiero introdujo un modelo de plantel que priorizaba jugadores más jóvenes y de menor costo.
Pero la versión del propio Larrivey agrega una capa decisiva al conflicto. Por primera vez detalló el proceso que vivió antes de su salida, dejando en evidencia un quiebre entre las promesas dirigenciales y la decisión final. “Me junté fuera del club con el Director deportivo que estaba en ese momento, la última reunión que tuve fue con el presidente (Michael) Clark, donde estaba también (Ramón) ‘Cachila’ Arias. Siempre me manifestaron que querían que siguiera y la última reunión fue con el presidente Clark.”
La frase revela que, internamente, el mensaje inicial fue de continuidad. Tanto Clark como figuras de la plana mayor de Azul Azul le transmitieron tranquilidad y respaldo. Sin embargo, el escenario cambió abruptamente cuando el club definió su nuevo proyecto para 2022. En ese rediseño, Larrivey pasó de ser imprescindible a convertirse en un costo que debía eliminarse.
El informe técnico presentado por la gerencia deportiva, que afirmaba que su aporte había sido menor en el tramo final del año, no logró sostenerse frente a los números globales del delantero. Para muchos dentro del mundo azul, la decisión escondía una motivación política: imponer la nueva estructura interna, incluso a costa de desprenderse del jugador más decisivo del plantel.
La salida del goleador dejó un vacío no solo deportivo, sino también simbólico. Para la afición, su adiós representó la primera gran señal de una gestión más fría, distante y poco transparente. Para el jugador, significó romper un vínculo que él mismo esperaba mantener: su deseo era seguir en Santiago, continuar en la U y dar estabilidad a su familia.
El reemplazo elegido por la directiva fue el de Ronnie Fernández, procedente de Santiago Wanderers de Valparaíso. Su paso, esa temporada 2022, estuvo marcada por su ineficacia frente al arco que se tradujo en apenas 5 goles en 32 partidos, con un promedio de 0.16 tantos por compromiso jugado. Un intercambio inexplicable que dejó al último goleador azul afuera del club sin motivos claros.