El posible retorno de Eduardo Vargas a Universidad de Chile se mueve en una frontera delicada entre los números del presente y el peso del pasado. No es una operación menor: se trata del goleador de la Copa Sudamericana 2011, el rostro del primer título continental del club y uno de los símbolos más potentes de la era dorada azul. Pero también de un delantero que, en el último lustro, ha transitado lejos del impacto que alguna vez lo definió.
Los datos recientes son claros. En las últimas cinco temporadas (2021–2025), Vargas disputó 175 partidos, sumó 8.145 minutos, convirtió 35 goles y entregó 13 asistencias. Su promedio es de 0,20 goles por partido, o, dicho de otra forma, un gol cada 233 minutos. No hay desplome abrupto, pero sí una constante: producción moderada, sin picos decisivos. Su evaluación promedio anual se ha movido entre 6,70 y 6,96, reflejo de regularidad, no de desequilibrio.
El 2025, año clave para entender el debate, fue especialmente ilustrativo. Vargas inició la temporada en el fútbol uruguayo y en la CONMEBOL Libertadores. En la Liga AUF Uruguaya, jugó 12 partidos (440 minutos) y marcó 2 goles. En la Libertadores, el escenario donde construyó parte de su prestigio, disputó 4 partidos (214 minutos) sin goles ni asistencias. Un arranque discreto, sin influencia real en partidos de alta exigencia.
Desde junio, ya en Audax Italiano, su rendimiento mejoró en continuidad, pero no en jerarquía competitiva. En la Liga de Primera, sumó 13 partidos (918 minutos), con 4 goles y 2 asistencias. En Copa Chile, aportó 1 gol en 2 partidos (180 minutos). En total, el 2025 cerró con 31 partidos, 1.752 minutos, 7 goles y 2 asistencias. Correcto, funcional, lejos de ser determinante.
Ese presente contrasta inevitablemente con su pasado azul. Entre 2010 y 2011, Eduardo Vargas jugó 79 partidos oficiales con la U, acumuló 5.537 minutos, marcó 31 goles y dio 13 asistencias. Solo en la Copa Sudamericana 2011, convirtió 11 goles, fue goleador del torneo, mejor jugador y pieza central del primer título continental del club. Ese Vargas no solo rendía: definía torneos.
Por eso el debate no es sentimental, es estructural. El Vargas que podría volver hoy no es el delantero que arrastraba marcas y decidía finales, sino un atacante que necesita contexto, minutos dosificados y objetivos claros. Su eventual salario —en torno a los $20 millones mensuales, bajo para su historia pero alto para un jugador de 36 años— no desentona con un rol acotado, pero sí obliga a una definición honesta: ¿qué espera la U de él?
Si el proyecto lo piensa como referente simbólico, pieza de experiencia y apoyo ofensivo, los números actuales alcanzan. Si se espera que sea el eje del ataque de un grande, la estadística reciente no lo respalda. En los últimos cinco años, Vargas no ha sido un delantero que cambie partidos grandes ni campañas completas.
La decisión final quedará en manos del nuevo entrenador y del marco deportivo que se le proponga. Lo que está claro es que esta posible vuelta no se explica solo por el sueño del hincha ni solo por los números fríos. Es el choque entre ambos. Y ahí está la verdadera pregunta que la U debe responder antes de firmar: ¿fútbol homenaje o méritos vigentes para volver a un grande?