Hay historias que parecen escritas para el cine. La de Harry Kane es una de ellas. El delantero inglés pasó de ser un niño rechazado por Arsenal a convertirse en el máximo goleador histórico del Tottenham, aunque durante años hubo una sombra que parecía perseguirlo a todas partes: su incapacidad para ganar títulos. Este lunes, a los 33 años, el capitán de Inglaterra terminó de escribir su revancha al conquistar el Balón de Oro 2026.
Todo comenzó en Londres. Kane tenía apenas ocho años cuando ingresó a las divisiones inferiores del Arsenal, pero su aventura con los Gunners terminó prematuramente. El club decidió prescindir de sus servicios al considerar que no reunía las condiciones necesarias para convertirse en futbolista de élite. Una decisión que, más de dos décadas después, resulta difícil de explicar.
El Tottenham terminó ofreciéndole una oportunidad, aunque tampoco fue un camino sencillo. Antes de consolidarse en el primer equipo, Kane debió recorrer las categorías menores del fútbol inglés mediante préstamos al Leyton Orient, Millwall, Norwich City y Leicester City. No era una de esas grandes promesas destinadas a triunfar desde la adolescencia. Tuvo que ganarse cada oportunidad a punta de goles y perseverancia.
Su explosión definitiva llegó con los Spurs. Kane se convirtió en uno de los delanteros más temibles de Europa, ganó tres veces la Bota de Oro de la Premier League y terminó su etapa en Londres con 280 goles en el campeonato inglés, transformándose en el máximo artillero histórico del Tottenham. Sin embargo, había algo que sus extraordinarios registros individuales no podían compensar: las vitrinas seguían vacías.
La final de la Champions League de 2019, perdida ante Liverpool, fue uno de los golpes más dolorosos. Dos años después, el Tottenham volvió a quedarse a las puertas de un título al caer frente al Manchester City en la definición de la Copa de la Liga. Con Inglaterra tampoco encontraba consuelo: perdió las finales de las Eurocopas de 2020 y 2024, esta última frente a España.
Así nació una de las etiquetas más crueles del fútbol contemporáneo. Harry Kane era considerado un jugador extraordinario, pero también un futbolista incapaz de salir campeón. En las redes sociales comenzaron a llamarlo mufa, como si su sola presencia condenara a sus equipos al fracaso.
En 2023 decidió cambiar de escenario. Bayern Múnich pagó cerca de 100 millones de euros para llevarlo a Alemania, donde parecía tener garantizada la posibilidad de levantar trofeos. Pero el destino volvió a jugarle una mala pasada: en su primera temporada, el gigante bávaro terminó sin conquistar ninguno de los grandes títulos que disputó, algo especialmente llamativo para un club acostumbrado a dominar la Bundesliga.
Las burlas se multiplicaron. Kane había abandonado al Tottenham para ganar títulos y parecía haberse llevado consigo la supuesta maldición. Incluso sus 36 goles en aquella primera Bundesliga quedaron relegados por una narrativa que amenazaba con definir toda su carrera.
Pero la historia comenzó a cambiar en 2025. Bayern Múnich recuperó el campeonato alemán y Kane, después de más de una década como profesional, pudo levantar finalmente su primer gran trofeo. Tenía 31 años. La sequía había terminado.
Lo que vino después fue una consagración extraordinaria. En la temporada 2025-2026, Kane marcó 73 goles en 65 partidos entre Bayern Múnich e Inglaterra, conquistó la Bundesliga, la Copa de Alemania y la Supercopa alemana. Además, anotó 14 tantos en la Champions League y lideró a su selección hasta el tercer lugar del Mundial de 2026.
Su rendimiento terminó siendo irresistible para los votantes del Balón de Oro. Kane superó a Kylian Mbappé y Lamine Yamal para convertirse en el primer futbolista inglés en conquistar el premio desde Michael Owen en 2001, poniendo fin a una espera de 25 años para su país.
Y quizás allí radica lo más extraordinario de su historia. Harry Kane no necesitó convertirse en un futbolista diferente para llegar a la cima. Los goles siempre estuvieron, también su talento, liderazgo y capacidad para decidir partidos. Lo que cambió fueron los resultados colectivos que durante tantos años habían condicionado la percepción sobre su carrera.
El niño que Arsenal consideró insuficiente, el delantero que pasó años buscando su oportunidad en equipos menores y el goleador al que el fútbol convirtió en sinónimo de mala suerte terminó levantando el reconocimiento individual más importante de este deporte.
Harry Kane pasó de ser el futbolista que nunca ganaba nada a convertirse en el mejor jugador del planeta. Una revancha que tardó más de veinte años en llegar y que demuestra que, incluso en el fútbol, las etiquetas no siempre sobreviven al paso del tiempo.