El Barcelona parecía tenerlo todo a favor. Nueve victorias en nueve partidos de LaLiga, un ataque demoledor, seis puntos de ventaja sobre el Real Madrid y la condición de local en un Camp Nou que esperaba otra exhibición del equipo de Hansi Flick. Sin embargo, el fútbol volvió a desafiar los pronósticos. El conjunto de José Mourinho dio el gran golpe del fin de semana, derrotó por 2-1 a su eterno rival y le propinó su primera derrota en el campeonato español.
El Madrid no llegó a Cataluña para ser un simple espectador del fútbol azulgrana. Mourinho preparó un equipo intenso, ordenado y dispuesto a discutirle cada metro de terreno a un adversario que acostumbraba a imponer sus condiciones. Con Arda Güler aportando creatividad, Bellingham multiplicándose en el mediocampo y Mbappé amenazando constantemente los espacios, los visitantes consiguieron incomodar a un Barcelona que pocas veces había encontrado tanta resistencia durante la temporada.
La primera estocada llegó a los 42 minutos. Una gran acción colectiva del Madrid terminó con un centro de Diomande, un despeje defectuoso de Gerard Martín y la aparición de Mbappé, quien aprovechó el rebote para abrir el marcador. El gol fue un premio para un equipo que había entendido cómo competir y que, lejos de sentirse inferior, consiguió generar peligro cada vez que encontraba espacios en la defensa catalana.
Barcelona reaccionó después del descanso. Empujado por su público, adelantó sus líneas y comenzó a encerrar al Madrid en su propio campo. La presión encontró recompensa a los 61 minutos, cuando Pedri sorprendió con un tiro de esquina ejecutado rápidamente y Raphinha sacó un potente remate para establecer el empate. El Camp Nou recuperó la confianza y todo parecía encaminado hacia una remontada del conjunto local.
Fueron los momentos más complicados para Mourinho. Barcelona dominó territorialmente, encontró espacios y estuvo cerca de ponerse en ventaja, pero apareció Andriy Lunin con una intervención extraordinaria ante un cabezazo de Gerard Martín. El Madrid resistió sin perder completamente el orden y esperó su oportunidad para volver a golpear.
Y esa oportunidad llegó a los 87 minutos, cuando el encuentro parecía encaminarse hacia el empate. Jude Bellingham protagonizó una brillante maniobra individual, Arda Güler participó en la continuidad de la acción y Eduardo Camavinga desbordó para entregar el balón a Mbappé. El francés solamente tuvo que empujarlo para completar su doblete y silenciar al Camp Nou.
Fue una jugada que resumió la gran virtud del Real Madrid durante toda la tarde: la capacidad de resolver situaciones decisivas con una mezcla de talento, inteligencia y contundencia. Mientras Barcelona necesitó largos pasajes de dominio para encontrar el empate, los visitantes aprovecharon sus oportunidades y demostraron que no siempre es necesario controlar el balón para controlar los momentos importantes de un partido.
La derrota también representa un golpe importante para el Barcelona. El equipo de Flick llegaba con puntaje perfecto en LaLiga y con una diferencia de funcionamiento que lo instalaba varios escalones por encima de su histórico rival. Sin embargo, el Clásico dejó al descubierto que su propuesta ofensiva también puede encontrar dificultades ante equipos capaces de resistir la presión y castigar los espacios que aparecen en defensa.
Para Mourinho, en cambio, la victoria tiene un valor que supera los tres puntos. Su Madrid llegaba seis unidades por debajo del líder y bajo cuestionamientos por un rendimiento que no terminaba de convencer. Salió del Camp Nou con la distancia reducida a tres puntos y, especialmente, con una demostración de carácter frente al equipo que parecía marcar el ritmo del campeonato.
El Barcelona tuvo más pelota y momentos de superioridad. El Real Madrid tuvo jerarquía, contundencia y un Mbappé decisivo. En un Clásico que parecía tener dueño antes de comenzar, el equipo de Mourinho recordó que los grandes partidos no se ganan en la previa.