El 2025 se consolidó como el año más conflictivo de la gestión de Claudio “Chiqui” Tapia al frente de la AFA. Lo que comenzó como una temporada cargada de expectativas terminó transformándose en un muestrario de fallas estructurales, decisiones intempestivas y tensiones internas que dejaron en evidencia un sistema con poca transparencia y una autoridad cada vez más cuestionada. Las polémicas que se acumularon durante el año mostraron un fútbol argentino gobernado con reglas inestables, criterios cambiantes y una respuesta institucional que osciló entre el silencio, la imposición y la confrontación directa con quienes se atrevieron a criticar.
El episodio que más marcó el deterioro de la temporada fue la consagración de Rosario Central como “campeón anual”, un título inexistente en las bases reglamentarias. La AFA decidió incorporarlo cuando el campeonato ya había finalizado su fase regular, alterando las condiciones sin aviso previo y sin proceso formal visible. La resolución provocó un rechazo inmediato dentro del propio sistema. Estudiantes de La Plata, a través de un comunicado oficial, aseguró: “En la reunión mencionada no se realizó ninguna votación referida al reconocimiento de un título de campeón anual”. La dirigencia añadió que “el club no avaló la modificación del reglamento”, poniendo en duda la validez de la versión difundida por la liga y abriendo un conflicto institucional sin precedentes recientes.
La respuesta de la cúpula de la AFA no calmó la situación. El tesorero de la entidad, Pablo Toviggino, uno de los funcionarios más cercanos a Tapia, reaccionó con dureza desde su rol oficial. Afirmó que “la decisión fue unánime y con la presencia de los representantes de todos los clubes”, insistiendo en la legitimidad del proceso y acusando a sectores opositores de “instalar información falsa para dañar la imagen institucional”. El tono confrontacional utilizado desde un cargo directivo no solo escaló el conflicto, sino que reveló un estilo de liderazgo en el que la disidencia interna se contestaba con descalificación y no con aclaraciones procedimentales.
El caos reglamentario también afectó la zona más sensible de cualquier campeonato: los descensos. Durante el año, distintos gobiernos provinciales señalaron públicamente su disconformidad con las decisiones tomadas desde la AFA. El gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, expresó que “la modificación de criterios deportivos sobre la marcha perjudicó directamente a Godoy Cruz” y sostuvo que “la organización del fútbol argentino vive un estado de desorden que debe ser revisado”. Que una autoridad política tomara posición pública sobre decisiones deportivas evidenció que la crisis había trascendido el ámbito de los clubes y estaba generando impacto social y territorial.
A las disputas internas se sumaron las dudas sobre los arbitrajes. Durante varios tramos del año, la presión sobre los jueces creció debido a fallos consecutivos que beneficiaron a equipos históricamente vinculados a sectores cercanos al poder dirigencial. Las intervenciones de Claudio Tapia tampoco lograron despejar sospechas. Desde su cargo presidencial, afirmó que “no siempre la responsabilidad es del árbitro y muchos reclamos surgen por frustraciones deportivas”, señalando además que “las polémicas son parte habitual del fútbol argentino”. La falta de autocrítica en un contexto tan tensionado alimentó la percepción de que la conducción buscaba normalizar una situación que para varios clubes era inaceptable.
A pesar de las críticas públicas, Tapia mantuvo un respaldo parcial dentro de su estructura gracias al peso simbólico del éxito de la Selección Argentina, pero en el plano doméstico la acumulación de conflictos dejó un diagnóstico claro: la legitimidad institucional sufrió una de sus mayores fracturas en años. Presidentes de clubes, autoridades provinciales y representantes formales de instituciones históricas expusieron públicamente desacuerdos que antes se resolvían puertas adentro, marcando un quiebre en la cultura política del fútbol argentino.
El 2025 cerró dejando una certeza: por primera vez desde que asumió la presidencia, Claudio Tapia debió enfrentar cuestionamientos directos y formales provenientes de actores con poder real. La suma de decisiones improvisadas, conflictos estallados y tensiones con figuras institucionales instaló una sensación de fragilidad alrededor de una gestión que, durante años, había mostrado fortaleza política. La temporada dejó heridas abiertas, un descrédito creciente y una pregunta inevitable sobre el futuro inmediato: ¿puede el fútbol argentino sostener otro año como este sin caer en una crisis aún mayor?