La derrota de Universidad de Chile ante Ñublense por la cuenta mínima no solo significó el primer tropiezo en la era de Fernando Gago, sino que abrió un nuevo frente de conflicto en el fútbol chileno. El partido quedó completamente condicionado por el arbitraje de Cristián Galaz y la labor de Piero Maza en el VAR, especialmente por la violenta infracción de Jovanny Campusano sobre Javier Altamirano, que ni siquiera fue sancionada como falta.
La jugada, ocurrida en el primer tiempo, generó inmediata indignación en el plantel azul y terminó por escalar a nivel institucional. Desde la Comisión de Árbitros, el propio Roberto Tobar intervino directamente, llamando a los jueces del encuentro para revisar lo ocurrido, aunque posteriormente respaldó la interpretación adoptada en cancha, señalando que correspondía a una acción de juego.
Lejos de calmar las aguas, esa postura profundizó la crisis. En Universidad de Chile sienten que existe una reiteración de criterios que los perjudica, especialmente en jugadas determinantes. La percepción interna es que no se trata de un error puntual, sino de una tendencia que se arrastra hace varias fechas y que terminó por explotar en Chillán.
En ese contexto, según pudo conocer este medio, en el corazón de Azul Azul la molestia es extrema. El análisis dirigencial apunta a decisiones arbitrales que han marcado partidos, con interpretaciones dispares en sanciones clave, tanto en faltas como en medidas disciplinarias, generando un clima de desconfianza total hacia el estamento arbitral.
De hecho, el ambiente es derechamente de indignación. La dirigencia considera que situaciones como la vivida ante Ñublense —donde incluso desde el propio entorno del club se advierte el riesgo físico al que fue expuesto Altamirano— marcan un límite en la tolerancia institucional.
En paralelo, el malestar también se ha visto reflejado en lo deportivo. El propio Gago evitó profundizar en la polémica, pero reconoció que la jugada era, al menos, infracción evidente, dejando entrever la incomodidad generalizada en el plantel. Con ese escenario de fondo, desde el directorio piden que “hay que endurecer el mensaje contra los árbitros”.
La frase no es casual ni aislada. Representa un cambio de estrategia que comienza a tomar forma en Azul Azul, donde ya no solo hay reclamos internos o gestiones formales, sino la convicción de que el conflicto debe exponerse públicamente. La sensación es clara: el arbitraje dejó de ser un factor circunstancial y pasó a convertirse en un problema estructural que, desde su mirada, requiere una respuesta mucho más dura y visible.