Minuto 94 del partido y Lucas Assadi encara con la pelota dominada cuando tenía tres compañeros perfectamente posicionados para descargar. El volante decidió jugarse la individual, perdió el balón y la jugada terminó en un remate de Ángel Gillard que obligó a Gabriel Castellón a intervenir para evitar mayores complicaciones. Una acción que resumió casi a la perfección el difícil presente que atraviesa el mediocampista azul.
Pero lo que más llamó la atención vino inmediatamente después. La transmisión captó a Marcelo Morales encarando a Assadi con un evidente "¡Dale!", un reclamo que reflejaba la frustración por una decisión que parecía incomprensible considerando el contexto del partido. No fue una crítica desde la tribuna ni desde las redes sociales. Esta vez la molestia vino desde dentro de la propia cancha.
El episodio volvió a exponer la distancia que existe entre el Assadi que maravilló durante el segundo semestre de 2025 y la versión actual. Porque el volante ingresó durante 27 minutos y otra vez dejó la sensación de estar desconectado del partido, reforzando una percepción que Fernando Gago viene transmitiendo con hechos desde hace semanas: hoy no está para ser titular y perdió claramente la disputa por el puesto frente a Agustín Arce. Salvo una jugada que terminó con un remate de Eduardo Vargas, el 10 estuvo lejos de ser determinante ante los penquistas.
La pregunta inevitable es qué pasó con un jugador que parecía destinado a transformarse en una de las grandes ventas de Universidad de Chile. Entre julio y octubre de 2025 registró nueve goles y seis asistencias entre Torneo Nacional, Copa Sudamericana y Supercopa. Era figura, aparecía en partidos importantes y en Azul Azul proyectaban una transferencia cercana a los cuatro millones de dólares. Todo indicaba que estaba entrando definitivamente en la categoría de exportación.
Sin embargo, el 26 de octubre de 2025 llegó el punto de quiebre. En el clásico ante Universidad Católica sufrió una lesión musculotendinosa en los isquiotibiales que lo dejó fuera de la recta final de la temporada y cortó el mejor momento de su carrera. Desde entonces los problemas físicos se volvieron recurrentes, desapareció la continuidad y también cayó drásticamente su producción ofensiva.
A nivel interno, además, comenzaron a aparecer cuestionamientos que van más allá del rendimiento futbolístico. Desde el entorno de la selección chilena observaron con preocupación un evidente aumento de peso respecto de su mejor versión competitiva. Una situación que también se refleja en la cancha, donde perdió explosión, cambio de ritmo y capacidad para sacar ventajas en el uno contra uno, precisamente las características que lo habían convertido en un jugador distinto dentro del fútbol chileno.
Los números terminan respaldando esa sensación. Desde aquella lesión apenas ha podido encadenar regularidad, se perdió numerosos partidos por problemas físicos y pasó de ser una pieza determinante a convertirse en una alternativa desde el banco. Su renovación hasta 2028 incluso dejó en evidencia la depreciación de su valor de mercado, con cláusulas de salida cercanas a los dos millones de dólares, muy lejos de las cifras que se manejaban cuando atravesaba el mejor momento de su carrera.
Por eso el reproche de Marcelo Morales no parece un episodio aislado. Más bien refleja la frustración que genera ver a un futbolista que alguna vez parecía llamado a liderar a la U y que hoy continúa atrapado en una versión irreconocible. El talento sigue estando ahí. Lo que todavía no aparece es el jugador que logró convertir ese talento en rendimiento. Y en una Universidad de Chile urgida de resultados, la paciencia empieza a agotarse incluso dentro de la propia cancha.