La derrota de Universidad de Chile ante Ñublense no solo dejó tres puntos en el camino, sino que volvió a exponer uno de los problemas más profundos del equipo: la nula incidencia de su centrodelantero. En un partido donde los azules necesitaban respuestas ofensivas, Juan Martín Lucero ingresó desde la banca en el complemento, pero su participación pasó prácticamente inadvertida.
Aunque el registro oficial marca 17 minutos, lo cierto es que el delantero disputó 24 minutos reales considerando el tiempo agregado, un margen suficiente para al menos entrar en el circuito del juego. Sin embargo, sus números son elocuentes: 0 tiros, 0 goles, 0 asistencias, 0 duelos ganados y apenas 4 toques de balón. A eso se suma una posesión perdida y ninguna acción de desequilibrio.
El dato es especialmente duro para un “9”. Lucero no solo no convirtió, sino que no logró posicionarse como opción ofensiva, no fijó centrales, no generó descargas y no atacó el área. Su única estadística “limpia” fue un 100% de precisión en pases (2/2), pero en un contexto sin riesgo ni progresión, lo que termina siendo irrelevante en la lectura global del partido.
El análisis trasciende este encuentro. El rendimiento del atacante argentino se inserta en una tendencia preocupante: está a las puertas de cumplir un año sin marcar goles, un registro incompatible con el rol que se le asignó al momento de su llegada. Porque Lucero no es un refuerzo cualquiera. Es, según la estructura del plantel, una de las principales inversiones del club y el mejor sueldo del camarín.
Ahí es donde el contraste se vuelve más evidente. Mientras su estatus lo posiciona como el eje ofensivo del proyecto, su rendimiento lo muestra como un futbolista que hoy no logra incidir ni siquiera desde la participación básica en el juego. Ya no se trata únicamente de la falta de gol, sino de una desconexión total con el funcionamiento colectivo.
La U pierde, pero también evidencia algo más profundo: su delantero centro no está siendo factor. Y en el fútbol, cuando el “9” desaparece, el problema deja de ser una racha y se transforma en una señal estructural.