Quien ha seguido habitualmente las transmisiones del mundial de fútbol por diversas cadenas de televisión, principalmente argentinas, reconocerá de inmediato estas expresiones, durante los partidos de Francia, Bélgica, Inglaterra o Países Bajos es frecuente que el relator y/o comentarista incorpore el origen familiar de muchos futbolistas, casi siempre africanos, como parte de su presentación, el dato, en sí mismo, no tiene nada de reprochable, la historia familiar de un deportista puede enriquecer el relato y ayudar a comprender los procesos sociales que moldearon una selección, sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿por qué ese mismo criterio parece desaparecer cuando se habla de selecciones sudamericanas, particularmente de Argentina?
Resulta difícil encontrar una transmisión en la que, durante un partido de la selección argentina, se recuerde que Lionel Messi es descendiente de inmigrantes italianos, que Alexis Mac Allister pertenece a una familia de origen irlandés y escocés establecida en Argentina desde el siglo XIX, que Paulo Dybala posee raíces italianas y polacas o que apellidos como Tagliafico, Pezzella, Lautaro
Martínez, Di María o De Paul reflejan una historia migratoria tan evidente como la de muchos futbolistas franceses. No es que esas historias no existan, simplemente dejaron de formar parte del relato cotidiano.
La explicación se encuentra mucho más en la historia que en el deporte, las selecciones nacionales son, en realidad, una fotografía de los procesos migratorios que experimentó cada país, Francia y Argentina constituyen dos ejemplos extraordinariamente ilustrativos porque ambas son producto de grandes olas migratorias, aunque separadas por casi un siglo.
La Francia contemporánea refleja principalmente las migraciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La reconstrucción económica, el proceso de descolonización y los vínculos históricos con África impulsaron la llegada de millones de personas provenientes de Argelia, Marruecos, Túnez, Malí, Senegal, Camerún, Benín, Guinea-Bisáu, República Democrática del Congo y numerosos territorios del Caribe francés. Aquellas familias terminaron integrándose plenamente a la sociedad francesa y sus hijos y nietos crecieron dentro del sistema educativo, deportivo y cultural del país, el fútbol terminó convirtiéndose en uno de los espacios donde ese proceso resulta más visible.
Basta observar el plantel francés campeón del mundo en 2018 y finalista en Catar 2022 para comprobarlo, Kylian Mbappé es hijo de un padre camerunés y de una madre francesa con raíces argelinas, Aurélien Tchouaméni desciende de padres cameruneses, Ibrahima Konaté tiene raíces malienses, Dayot Upamecano es hijo de inmigrantes provenientes de Guinea-Bisáu, Eduardo Camavinga nació incluso en un campamento de refugiados en Angola, mientras sus padres escapaban del conflicto en la República Democrática del Congo, antes de que la familia se estableciera definitivamente en Francia, Ousmane Dembélé combina ascendencia maliense, mauritana y senegalesa, Jules Koundé es hijo de un padre beninés, Axel Disasi reúne raíces congoleñas y angoleñas y Randal Kolo Muani proviene también de una familia originaria del Congo.
Ahora, reducir Francia únicamente a esa realidad sería igualmente incompleto y aunque no sea comentado regularmente por los periodistas trasandinos, Hugo Lloris desciende de una familia española exiliada durante la Guerra Civil, Theo y Lucas Hernández son hijos de padres españoles, Antoine Griezmann posee ascendencia portuguesa y alemana y Olivier Giroud tiene raíces italianas, Francia, en definitiva, no es la selección de unainmigración determinada; es el reflejo de múltiples procesos migratorios superpuestos durante siglos.
Algo muy similar ocurre con Argentina, aunque la cronología sea completamente distinta, entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX el país recibió una de las corrientes migratorias más grandes registradas fuera de Norteamérica, millones de italianos y españoles desembarcaron en Buenos Aires, Rosario, Bahía Blanca o el puerto de Buenos Aires buscando escapar de la pobreza, las guerras y la falta de oportunidades en Europa. Junto a ellos llegaron franceses, alemanes, croatas, irlandeses, galeses, polacos, judíos de Europa Central y Oriental, sirio-libaneses y numerosas otras comunidades que terminaron moldeando la identidad argentina contemporánea.
Esa historia continúa presente en el fútbol, aunque ya casi nunca se la mencione, Lionel Messi desciende de inmigrantes italianos tanto por la rama paterna como por la materna, su bisabuelo Ángelo Messi emigró desde Recanati, mientras la familia Cuccittini comparte el mismo origen peninsular, Alexis Mac Allister pertenece a una familia cuya historia puede rastrearse hasta Irlanda y Escocia, Paulo Dybala reúne ascendencia italiana y polaca.
Nicolás Tagliafico, Germán Pezzella y Lautaro Martínez descienden de inmigrantes italianos, Nicolás Otamendi posee raíces vascas, Juan Foyth conserva un apellido de origen francés, Rodrigo De Paul también proviene de una familia con ascendencia italiana, ninguno de estos antecedentes convierte a esos futbolistas en menos argentinos, del mismo modo que el origen camerunés del padre de Mbappé no lo convierte en menos francés.
La diferencia entre ambas selecciones, por tanto, no radica en la existencia o ausencia de inmigración, la verdadera diferencia es temporal, mientras las familias de muchos jugadores franceses llegaron hace una o dos generaciones, gran parte de las familias de los futbolistas argentinos arribó hace cuatro, cinco o incluso seis generaciones, la inmigración francesa permanece en la memoria viva de las familias, la argentina terminó fundiéndose con la propia historia nacional hasta hacerse casi invisible.
El mismo fenómeno puede observarse en prácticamente todas las potencias futbolísticas, Marruecos alcanzó las semifinales del Mundial de 2022 con numerosos futbolistas nacidos en Francia, Bélgica, España o Países Bajos, Italia conquistó la Eurocopa con Jorginho, nacido en Brasil, Portugal construyó buena parte de su historia reciente alrededor de Pepe, también nacido en Brasil, España ganó un Mundial con Diego Costa, nacido en Brasil y posteriormente incorporó a Aymeric Laporte, nacido en Francia, Argelia ha conformado durante años selecciones integradas mayoritariamente por futbolistas nacidos y formados en Francia, Senegal, Costa de Marfil y otras selecciones africanas cuentan regularmente con jugadores desarrollados en academias europeas, por tanto se podría decir que el fútbol moderno es, probablemente, uno de los mejores ejemplos de cómo la movilidad humana ha transformado las identidades nacionales.
Los resultados deportivos tampoco respaldan ninguna explicación basada en el origen étnico delos futbolistas, Francia fue campeona del mundo en 1998 y 2018 y alcanzó las finales de 2006 y 2022 con planteles profundamente diversos, Argentina conquistó los Mundiales de 1978, 1986 y 2022 con generaciones marcadas por la herencia de la inmigración europea, Marruecos
protagonizó la mejor actuación africana de la historia en un Mundial, Croacia, con menos de cuatro millones de habitantes, disputó una final mundialista y posteriormente alcanzó otro podio. La evidencia demuestra que el éxito deportivo depende de factores como la formación, la organización institucional, la inversión en el desarrollo juvenil y la calidad de las generaciones de futbolistas, no del origen geográfico de sus antepasados.
Quizás allí reside el verdadero debate. El problema nunca ha sido recordar que un futbolista tiene un abuelo italiano, un padre camerunés, una madre argelina o un bisabuelo irlandés, el problema aparece cuando ese dato se convierte en un elemento permanente para describir únicamente a determinados jugadores y desaparece por completo al hablar de otros, esa diferencia en la forma de narrar puede transmitir, aunque sea de manera inconsciente, la idea de que algunos continúan siendo presentados como descendientes de inmigrantes mientras otros son considerados simplemente nacionales, pese a que las historias familiares de ambos comenzaron exactamente de la misma manera, con personas que cruzaron un océano o una frontera buscando construir una nueva vida.
El fútbol, quizás mejor que cualquier otra actividad humana, demuestra que las naciones no son fotografías congeladas de un pasado uniforme, sino relatos en permanente construcción, las camisetas que representan a un país no expresan la pureza de un origen, sino la historia acumulada de millones de personas que llegaron desde distintos lugares, en distintos momentos y por distintas razones, cambian las generaciones, cambian los continentes de origen y cambian las lenguas de los abuelos, lo que permanece es la capacidad de esas sociedades para incorporar esas historias a una identidad común, en ese sentido, la selección francesa y la selección argentina norepresentan realidades opuestas, son simplemente, dos capítulos diferentes de una misma historia, la historia de las migraciones.