Universidad de Chile cumple un nuevo año de vida envuelta en una sensación que hace mucho tiempo dejó de ser pasajera. Ya no se trata solamente de perder partidos, quedar lejos de la pelea por títulos o sumar otra temporada irregular. El dolor parece mucho más profundo. Tiene que ver con mirar al club y sentir que aquella institución gigantesca, admirada y respetada en toda Sudamérica, se fue desgastando lentamente entre malas decisiones, crisis permanentes y una dirigencia incapaz de devolverle estabilidad a uno de los nombres más importantes del fútbol chileno.
Porque el problema ya no es solo futbolístico. Hace años que la U dejó de transmitir la sensación de un club fuerte. Cada temporada parece comenzar con promesas de reconstrucción y terminar exactamente igual: cambios de entrenador, planteles mal armados, refuerzos cuestionados, conflictos internos y una hinchada agotada de sostener esperanzas que se rompen demasiado rápido. La derrota ante Cobresal fue apenas otro golpe dentro de una historia que se viene escribiendo hace demasiado tiempo.
Y mientras la cancha no entrega respuestas, afuera todo parece todavía más oscuro. El nombre de Universidad de Chile aparece cada vez más ligado al ruido institucional, a las disputas de poder y a la polémica alrededor del caso Sartor. Declaraciones cruzadas, investigaciones, cuestionamientos dirigenciales y nuevas aristas que aparecen semana tras semana terminaron golpeando algo mucho más delicado que una mala campaña: la credibilidad y la imagen del club.
Eso es quizás lo que más duele en este aniversario. Ver cómo una institución que alguna vez fue ejemplo deportivo y orgullo continental hoy vive atrapada en una constante sensación de deterioro. La U que maravilló al continente, que llenaba estadios desde el juego y no desde la nostalgia, parece cada vez más lejana. Hoy el club convive con un ambiente marcado por la desconfianza, por las divisiones internas y por una administración que hace rato perdió conexión con gran parte de su gente.
El recorrido de los últimos años ayuda a entender el desgaste. Desde el título de 2017, la U nunca volvió a ganar el campeonato nacional. En 2019 estuvo al borde del descenso. En 2021 peleó por no bajar hasta la última fecha. En 2022 terminó decimotercera. En 2023 acabó novena. En 2024 ilusionó durante meses, pero dejó escapar el torneo en la recta final. En 2025 volvió a quedar lejos del líder. Y en 2026 otra vez aparece mirando desde atrás, más cerca de las frustraciones de siempre que de una verdadera reconstrucción deportiva.
La salida de Michael Clark, el arribo de Cecilia Pérez a la presidencia de Azul Azul y los constantes conflictos internos tampoco lograron cambiar el escenario. Por el contrario, las dudas siguen creciendo mientras el club parece hundirse en una pelea interminable entre intereses, bloques de poder y decisiones que muchas veces parecen alejarse completamente de lo que representa la historia de Universidad de Chile.
Y quizás ahí aparece la verdadera tristeza de este cumpleaños. Porque el hincha azul no solo mira una mala tabla de posiciones. Mira cómo el club perdió estabilidad, liderazgo y rumbo. Mira cómo el nombre de la U aparece asociado más a escándalos, investigaciones y conflictos que a fútbol. Mira cómo cada semana surge un problema nuevo, una nueva polémica o una nueva señal de desgaste institucional.
Universidad de Chile cumple años, pero el ambiente está muy lejos de una celebración. Hay frustración, cansancio y una sensación amarga de ver a un gigante cada vez más irreconocible. Porque perder partidos duele. Quedar lejos de los títulos también. Pero probablemente nada golpea más al hincha azul que sentir que, poco a poco, fueron dañando la esencia y el nombre de un club que alguna vez parecía inmenso e intocable.