"Muchachos, esto no prendió", diría cualquiera que estuviera sentando en el estadio de Universitario de Lima ayer por la tarde. Bajo el deslavado, y hasta sucio, sol de Lima, Flamengo y Palmeiras protagonizaron un duelo de tan poco vuelo futbolístico, que si alguien les cambiaba camisetas y decía que se trataba de un partido del Brasileirao B entre Remo y Operario, podríamos creerlo sin problemas. Los militantes del "ganar como sea" se escudarán en el manoseado y apolillado lugar común de que "las finales no se juegan, se ganan". Claro, por supuesto, pero hay un mínimo estándar a la hora de proponer un espectáculo que, supone, enfrenta a los dos mejores equipos de América.
Esta final, como varias que hemos visto desde que la Conmbeol instauró el partido único, retrocede el fútbol sudamericano cuarenta o cincuenta años. Épocas sin VAR, con arbitrajes timoratos o decididamente comprados, jugadores simulando lesiones por varios minutos y juego interrumpido hasta la exasperación. Hoy, claro, ya no se puede pegar con toda impunidad, aunque Erick Pulgar lo hizo, ni se puede quemar tiempo como antes, pero no cambia mucho la cosa: es tanta gente preocupada de destruir, de reventar la pelota, de neutralizar al contrario, que por momentos se pierde la naturaleza del juego.
Y luego hay un gol de pelota detenida y se termina ¿Qué tuvo para aportar Palmeiras una vez Danilo hizo el gol de cabeza? Ollazos. Lo más barato del fútbol. Y, el detalle hay que señalarlo, fueron ollazos mal ejecutados.
La Conmebol en su afán por parecerse a la UEFA, ha logrado que la final de la Libertadores se parezca más un partido de la B Metropolitana en Argentina. Aparte del grandilocuente y olvidable show antes del partido, todo queda como una copia barata de algo que la Libertadores nunca pretendió ser y nunca va a ser. Las finales eran ida y vuelta, a mitad de semana y de noche. Bien de noche. Sin showcitos pelotudos ni batucadas para giles: fútbol sudamericano en su esencia. Basta de inventos, quiero ver una final de verdad.