En julio del 2024, cuando estaba en pleno desarrollo la Copa América de Estados Unidos donde Chile no pudo hacer un solo gol, en una de las emisiones de La Hora de King Kong se adelantó que la próxima Copa América, programada para el 2028, tenía grandes posibilidades de repetir el escenario. El dato me lo había dado un funcionario de la FIFA al que me encontré de casualidad. Tanto en Zurich como en Asunción, sede de la Conmebol, estaban entusiasmado por el mina de oro que acababa de descubrir.
Estados Unidos resultaba el lugar perfecto para hacer jugar a las principales selecciones del continente, debido a la buena infraestructura, la gran seguridad, que no haya que invertir en estadios, la infinidad de sedes posibles y, sobre todo, que se pueden cobrar los boletos cinco o diez veces en comparación a otro país de América. En Los Ángeles, Miami, Houston, Nueva York o San Francisco, las colonias latinoamericanas, donde hay un grupo muy grande que ha prosperado y tiene altos ingresos, no se complica por adquirir un galería que cueste 200 dólares, una platea de 800 o un palco Vip de 2.500 por citar unos ejemplos a la rápida. Lo mismo paga 25 dólares una plaza de estacionamiento y gasta, entre souvenirs y comida, de 300 a 500 dólares más.
Ocurre que la Conmebol ha matado la antigua Copa América como lo hacen los asesinos seriales: en la noche, cortándolo en trozos y enterrando sus restos en el jardín trasero. Esa Copa América que ganó Chile el 2015 y cuya última versión la vimos en Brasil el 2021, ya no existe. Esa con diez equipos de la Conmebol y dos invitados que tenía sedes rotatorias por Sudamérica para que todos los países tuvieran la oportunidad de organizarla la mataron de un solo disparo en los pasillos de Luque. Se terminó para siempre. Rotar series e integrar Sudamérica les suena antiguo, jugar la Copa América en países en los que hay que invertir en infraestructura y que la mayoría de la población no puede pagar un boleto para ver Messi o Vinicius, es poco rentable e innecesario
¿Para qué jugar la Copa América en Ecuador, hace casi diez años le corresponde, si los ecuatorianos con dinero pueden viajar a Estados Unidos a ver a su selección y el resto tiene la libertad de pagar una plataforma de televisión? Además están las colonias residentes, siempre dispuestos a quemar fortunas para ver a su selección al menos una vez en la vida.
La lógica de la Conmebol, muy en sintonía con la FIFA, es transformar la Copa América en una sucesión de eventos en grandes estadios distribuidos por todo Estados Unidos. Como recitales de una banda o la gira de alguna estrella pop. La unidad competitiva del torneo, un partido se relaciona con el otro con el objetivo de clasificar o ganar el título, termina siendo objeto accesorio de consumo para los entendidos: acá lo que importa es llenar estadios con fanáticos de altos ingresos que miran el fútbol como si fuera un concierto de Bad Bunny o U2.
No se trata mirar el partido y disfrutar de dos equipos con estrategias distintas e individualidades que intentan superarse, sino vivir "la experiencia fútbol", con el grueso público buscando registros para sus redes sociales y esperando con ansias el show de medio tiempo. No hay mucho que hacer, con Infantino y Domínguez (y Trump), para allá va la cosa sin remedio.