Gustavo Álvarez pateó el tablero. El entrenador de Universidad de Chile equivocó el camino la tarde del lunes, luego de la victoria 2-1 sobre Palestino. Creyó que la prensa, en este caso El Mercurio, buscaban perjudicarlo. Pronto entendió que el problema no era el mensajero, si no quienes digitaban el mensaje. En rigor, gente del club armaba una operación.
La información que el domingo publicó el diario afirmaba que el entrenador armaba su salida de Universidad de Chile y que disponía de un acuerdo con la Federación Peruana. En la medida que pasaron las horas, Álvarez digirió lo ocurrido y tomó la decisión de hablar con el periodista que firmaba la nota. Se disculpó por desconocer que el artículo tenía autor conocido y reveló las cláusulas centrales de su contrato.
En este acto, el entrenador de Universidad de Chile mandó un recado importante a los hinchas de la U, pero, ante todo, al directorio de Azul Azul: no soy un pesetero, creo en mi trabajo y no me busquen, que me encuentran. Sin hablar fuerte, en su estilo mesurado, fue al matutino que publicó la nota y dejó en evidencia a quienes desde el interior del club apuestan por su desgaste y creen que es necesario un cambio en la banca laica.
Somos viejos en el fútbol. En sus declaraciones del segundo semestre, Álvarez desliza que no quedó conforme con el mercado de pases, que el episodio de Eduardo Vargas le molestó, que esperaba que, para un partido de cuartos de final de la Copa Sudamericana, en la semana de Fiestas Patrias, con los vuelos y aeropuertos atestados, que la institución buscara un chárter.
En el directorio de Azul Azul, sabemos, no les gustan las opiniones disonantes. Álvarez, que con legitimidad es candidato para dirigir a las selecciones chilena y peruana, se enteró que el artículo dominical no cayó del cielo ni lo divulgó el Espíritu Santo. Desde el oficialismo del directorio filtraron la noticia, con la clara intención de poner en entredicho al técnico. No hay otra explicación lógica.
Hablamos del oficialismo, porque la disidencia de la mesa, integrada por Juan Pablo Pavez, Daniel Schapira y Eduardo Schapira, no cortan ni pinchan. Lo han dicho ellos. Se enteran por la prensa o redes sociales de las decisiones que toman los controladores, donde al menos un trío no figura en las actas, aunque cortan el queso y se ufanan de su poder.
Con memoria corta, recordamos que este grupo que controla Universidad de Chile no se puso colorado para desestabilizar a Hernán Caputto, cuando el entrenador de Deportes Copiapó dirigía a la U. Peleaba el torneo, pero no estaba en sus planes y había que sacarlo. Les dio lo mismo. El precio fue caro: salvarse del descenso en los descuentos ante Unión La Calera el 5 de diciembre de 2021 en El Teniente de Rancagua.
Si la idea era poner a Gustavo Álvarez en contra de la hinchada, quitarle piso con la gente, se equivocaron. Una vez más fueron poco hábiles y mostraron que el fútbol no les interesa. En síntesis, este juego maravilloso, para ellos es un medio y no un fin.
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