La semana pasada el adolescente de 16 años Felipe Raipán anotó el agónico gol del triunfo de Colo Colo sobre OHiggins con un certero cabezazo. Raipán se convertía en el jugador más joven en meter un gol por el cuadro albo desde que el hábil Juan Carlos Alegría lo hiciera en 1992 contra Colchagua por la misma Copa Chile.
¿Qué provocó la aparición de un interesante prospecto como es Raipán? Fundamentalmente miedo. Las redes sociales y los programas deportivos, incluyo King Kong Radio donde participo, el análisis se centro en un temor inmediato e instintivo a que al joven venido desde Temuco se lo comiera el entorno, la fama instantánea, el dinero fácil y la codicia de los representantes. Antes de hablar de sus capacidades técnicas y su potencial, se activaron los frenos de emergencia advirtiendo los peligros que conlleva hoy meter un gol en un equipo grande siendo juvenil.
La imagen de Jordy Thompson, Damián Pizarro y Manley Clervaux nos cayeron como sacos de ladrillos en la cabeza. El primero perdido en Rusia queriendo volver a Colo Colo, pero más cercano a La Serena; el segundo sin anotar un gol hace 25 meses, desechado en Racing y casi malogrado a los 21 años y el tercero devuelto por Puerto Montt al cuadro albo porque nunca cuajó en el cuadro salmonero por mala actitud y nulo compromiso. Y en Colo Colo no lo quieren de regreso.
Los casos se acumulan y acumulan. Hace unos meses a modo de chiste dije en La Hora de King Kong que si Clemente Montes no cambiaba su actitud iba terminar en Fiebre de Baile. Lo que dije lo pensaba su entrenador Daniel Garnero quien, inferimos, tuvo una larga charla con el jugador y desde entonces Montes es otro jugador. Se transformó en uno de los delanteros más desequilibrantes del fútbol chileno. Tiene 26 años, era ahora o nunca. Ahora o meterse a un reality show a sacarle las últimas cucharadas a la fama o, tal vez, ir degradándose futbolísticamente para terminar jugando en cualquier parte.
El aviso hacia Clemente Montes le cabe perfecto a Lucas Assadi. Debutó en 2022 y todavía es una promesa. Cuatro años de espera para que el "cabro explote". El jugador de Universidad de Chile tuvo siete partidos buenos el 2025 antes de lesionarse. Nada más. Antes y después ha sido discontinuo, irrelevante, falto de forma física y ha terminado por aburrir al cuerpo técnico de la U que dejó de citarlo. Ya no es suplente, no es nada.
Pero siempre queda un brochazo más para ensuciar la pared. El domingo, mientras la U derrotaba a San Felipe por la Copa Chile, Assadi dormía a pata suelta en la Tribuna Pacífico del Estadio Nacional. El muchacho puede tener sueño y la Copa Chile no calienta demasiado, pero esa siesta es una declaración de principios: me importa un carajo lo que pasa con el club y mis compañeros.
Más grave, me importa un carajo lo que pasa con mi carrera y mi futuro como jugador. Si no hay un volantazo pronto con este jugador el destino parece tener dos senderos: fútbol de ascenso o Fiebre de Baile.