Sería una epifania que en el fútbol alguien dijera, por una vez, la verdad. Que los jugadores y los cuerpos técnicos hablen en la cancha tapándose la boca tal como lo hacen los delincuentes en las galerías de la Peni revela muchas cosas. La primera y principal es el terror que se sepa lo que realmente están pensando. En la actividad se ha desarrollado toda una cultura de la mentira, que hasta tiene sus propios "códigos" y los más avezados, y ni hay que serlo tanto tampoco, se dan cuenta cuando el entrevistado en cuestión se pone "el caset". Es decir: responde de manera automática con lugares comunes y sin contenido.
El caso de Gustavo Álvarez sirve para una tesis sobre lo anterior, si es que alguien quisiera hacer una tesis algo tan frívolo. El ex entrenador azul primero negó con molestia las noticias de su posible salida de Universidad de Chile y la opción de la selección peruana. Después fue reculando, sin certezas de nada, escondido bajo un lenguaje alambicado. Casi al final del campeonato, manda un sí pero no, sin renunciar a la U, pero sin quedarse, tejo pasado y conflicto insinuado. Todo caretas.
Lo de Álvarez siempre fue jugar a la ambigüedad, que no se viera exactamente cuál era su objetivo, ni menos que se supiera qué pensaba realmente. Y cómo del otro lado de la mesa había una máquina negadora profesional- Clark y los escombros de Sartor- se transformó en un teatro de sombras donde había que estar interpretando cada palabra, con la gran posibilidad de equivocarse.
Hoy en Lima dan Álvarez como entrenador de la selección peruana. Tampoco lo confirman, porque en Perú es lo mismo: nunca se dice la verdad. El 24 de diciembre Gustavo Álvarez seguía negando la opción.
¿Qué creo yo? La simplifico: Gustavo Álvarez se dio cuenta que no le daba para salir campeón con Universidad de Chile pese a todo el dinero invertido y empezó a activar la salida de emergencia. Como es un tipo inteligente pero ningún genio, cometió varias torpezas que lo dejaron en evidencia, como que su representante apareciera en Coquimbo con Alianza en la Copa Sudamericana que coincidieron con rumores provenientes desde Perú. Encarado por los medios, se enojó (de manual). Cuando vio que se le terminaba el tiempo, se victimizó y le pasó la pelota los de enfrente. Le importó nada que todavía tuviera chance de ir a la Libertadores, sabía que él no iba a estar, por lo tanto el capitán avisó que se bajaba del barco. Como Azul Azul y Clark estaban en una posición muy débil debido a los castigos de la CMF, el entrenador pegó en el momento preciso. En la U no tenían cómo devolver el golpe y debieron negociar para que se fuera callado y no hablara de Victoriano Cerda y los 800 mil dólares que los azules pagaron a Huachipato por contratarlo.
Chiflotas de lado y lado.
Ahora, cuando sea presentando por Juan Ferrari como nuevo entrenador de la selección peruana, no me extrañaría que dijera a los reporteros: "Yo nunca hablé, fueron ustedes". Mil años de ventaja.