La continuidad de Fernando Ortiz en Colo Colo volvió a instalar un tema que atraviesa toda la carrera de Arturo Vidal: la dificultad de cualquier entrenador para gestionarlo cuando su rol se ve reducido o cuando se cuestiona su relevancia en el equipo. "Así le fue", respondió después de ser consultado por su ausencia en el esquema del Tano y quedar octavo en la tabla de posiciones. Durante más de una década, tanto en clubes como en la selección, el volante protagonizó conflictos de alto perfil con figuras de autoridad, generando tensiones que han obligado a los cuerpos técnicos a definir con claridad los límites del liderazgo y la disciplina.
Uno de los primeros síntomas de este patrón se remonta a 2011, cuando Claudio Borghi, por ese entonces entrenador de La Roja, debió marginar a Vidal y a otros cuatro seleccionados por llegar a la concentración en un “estado no adecuado para un futbolista” y, según el propio DT, en un estado “indefendible”. La sanción de la ANFP fue ejemplar: diez partidos fuera de la Roja y una multa del 30% de premios. Sin embargo, el conflicto no terminó ahí. Vidal presionó su retorno asegurando públicamente que Chile “no puede darse el lujo de tenernos afuera”, comentario que Borghi interpretó como una exigencia directa y que instaló una tensión que afectó su autoridad.
El técnico describió el costo personal que enfrentó por esa decisión al afirmar que “ningún dirigente de la ANFP me apoyó en su momento… se me ha complicado mucho la vida”. Ese episodio fundacional mostró que sancionar a una figura de su peso no solo activa la defensa del jugador, sino también un escrutinio público que puede aislar al entrenador. A la postre el Bichi dejaría el cargo y su relación con el volante se rompió para siempre.
Más de una década después, en 2023, la historia se repitió en Flamengo, aunque con una raíz distinta: la pérdida de titularidad. Vidal inició el ciclo de Jorge Sampaoli con la expectativa —según él, respaldada por una promesa del DT— de ser protagonista. Claro, el primer capítulo entre ambos los tuvo muy de cerca, cuando el de Casilda lo tenía como una pieza clave de su equipo en la selección chilena. Incluso lo respaldó tras el recordado episodio del Ferrari en la Copa América 2015, manteniéndolo en el plantel titular por el resto del torneo.
Pero cuando perdió luces y fue desplazado al banco, el quiebre fue inmediato. Tras su salida del club, el volante entregó una de sus declaraciones más duras hacia un entrenador, asegurando que le tocó “un entrenador, un perdedor, que no sabe apreciar a los jugadores”. La respuesta de Sampaoli fue completamente opuesta al tono del jugador. El argentino optó por evitar el conflicto personal y sostuvo ante la prensa: “Yo no hablo de lo que hablan los demás. Tomo decisiones y me preocupo mucho para intentar que mi equipo dé lo mejor”. Ese contraste reflejó dos formas de afrontar la tensión: la deslegitimación frontal del jugador frente a la despersonalización del técnico, una estrategia que le permitió mantener su autonomía sin entrar en una disputa pública de egos.
En 2024, el conflicto con Ricardo Gareca tomó un cariz institucional. El DT decidió no convocar a Vidal a la Copa América, argumentando razones físicas, deportivas y de renovación. El volante cuestionó la legitimidad técnica de la decisión declarando que “da tristeza y rabia… no es algo futbolístico, es una decisión del entrenador”. La frase volvió a activar un patrón repetido: cuando pierde protagonismo, Vidal atribuye la decisión a factores personales o subjetivos del DT, no al rendimiento. Para Gareca, el manejo del liderazgo interno era un desafío mayor que el deportivo.
Fue tanto el enojo de Vidal que disparó: A mí nunca más me llamó. Aunque no esté futbolísticamente bien, yo, (Mauricio) Isla, Charles (Aránguiz), Marcelo (Díaz), debemos estar en la selección, la selección nos necesita. ¿Hay alguno mejor que yo en mi posición? ¿O que tenga la misma experiencia? ¿O más partidos que yo?". Aun así, el DT mantuvo un equilibrio poco común: después de afirmar su autoridad mediante la no citación, reconoció públicamente la estatura histórica del volante, comparándolo incluso con Messi en términos de importancia para la selección.
El episodio más reciente ocurrió en 2025, cuando Fernando Ortiz tomó la decisión de no asegurarle la titularidad en Colo Colo, algo que Vidal interpretó como una falta de valoración. Ortiz respondió con firmeza al afirmar que “nadie tiene asegurada la titularidad”, un mensaje directo que tensionó la convivencia interna. La discusión escaló cuando el entorno del jugador intervino públicamente.
Su preparador físico calificó las decisiones del DT de “tribuneras y manipuladas” y acusó un discurso “populista para agraciarse con los hinchas”, intensificando la presión sobre el cuerpo técnico. A diferencia de lo ocurrido con Borghi, esta vez la dirigencia actuó con rapidez. El presidente de Blanco y Negro, Aníbal Mosa, defendió explícitamente al entrenador al señalar que “todos los jugadores se deben a lo que dicte el técnico de Colo Colo… Lo que dijo Arturo Vidal u otros jugadores es historia”, un respaldo institucional que permitió estabilizar la situación y despejar el camino para la continuidad del DT en 2026. ¿Podrá Vidal adaptarse a un entrenador que no lo tiene en sus planes? Eso está por verse.