La familia Schapira dejó de ser accionista de Azul Azul tras concretar la venta total de su paquete accionario por un monto de US$ 7,5 millones. La operación cerró un ciclo marcado por conflictos abiertos con la actual administración de la concesionaria y con los grupos que han controlado su propiedad en los últimos años.
Sin embargo, pocos días después de esa transacción, se produjo otro movimiento clave: el retiro de las acciones judiciales que los Schapira mantenían contra Sartor AGF, sus ejecutivos y Michael Clark. La información fue dada a conocer por el periodista Fernando Tapia en X, quien advirtió que la demanda apuntaba directamente al núcleo de las dudas sobre la propiedad de Azul Azul.
El desistimiento no era un trámite administrativo menor. Las acciones judiciales cuestionaban operaciones societarias que permitieron consolidar el actual esquema de control de la concesionaria. En ese sentido, se trataba de un conflicto estructural y no solo de una disputa entre privados.
En el acuerdo judicial, los propios demandantes reconocen que ya no tienen participación alguna, directa ni indirecta, en la propiedad, administración o gestión de Azul Azul, y que una de las razones principales para vender fue precisamente poner término a los conflictos judiciales y extrajudiciales, presentes y futuros.
Con ello, también quedó sin efecto la demanda de nulidad absoluta que apuntaba contra Asesorías e Inversiones Sartor S.A., el Fondo de Inversión Privado Tactical Sport e Inversiones Antumalal Ltda., cerrando así el principal flanco judicial que cuestionaba la estructura de propiedad del club.
La cercanía temporal entre la venta de las acciones y el retiro de todas las acciones judiciales es lo que hoy genera interrogantes. Durante años, la relación entre los Schapira y el grupo que hoy controla Azul Azul fue abiertamente conflictiva, con acusaciones cruzadas y disputas públicas y legales.
Con este desenlace, ese conflicto se cierra de manera abrupta. Ya no existe una parte con legitimación activa para sostener un litigio que ponía en duda el control de la concesionaria. Lo que permanece abierto es si ambos movimientos fueron decisiones independientes o parte de un mismo acuerdo integral que permitió desactivar todos los frentes de conflicto.