Infumables. La palabra puede parecer dura, pero cuesta encontrar otra para describir lo ocurrido en Sausalito. Universidad de Chile estaba ganando, el partido ante Everton llegaba tranquilamente a sus minutos finales y no existía absolutamente ningún motivo para alterar el desarrollo del espectáculo. Pero la barra azul decidió hacerlo.
A los 82 minutos comenzó el desastre desde el sector Laguna. Fuegos artificiales, bengalas y pirotecnia que no solo cayó hacia la cancha, sino que incluso alcanzó el sector Marquesina. Piero Maza se vio obligado a detener el partido mientras jugadores y espectadores quedaban expuestos a una situación completamente innecesaria.
Y entonces aparece una pregunta que el fútbol chileno lleva demasiado tiempo evitando: ¿quién le pone el cascabel al gato? Porque ya no basta con lamentar los incidentes, esperar el informe arbitral, anunciar sanciones y continuar como si nada hubiese ocurrido. El problema vuelve una y otra vez.
Lo más absurdo es que esta vez ni siquiera existía la excusa de la frustración deportiva. La U ganaba. Su equipo estaba haciendo la tarea como visitante en una llave de Copa Chile y faltaban apenas minutos para terminar. Fue su propia barra la que terminó perjudicándolo.
Pero incluso aquello resulta secundario. Lo realmente grave es poner en riesgo a quienes estaban en la cancha y a espectadores ubicados en otro sector del estadio. Una bengala o un elemento pirotécnico que cruza hacia otra tribuna deja de ser cualquier supuesta manifestación de aliento. Es una conducta peligrosa y punto.
La discusión tampoco puede reducirse únicamente a Universidad de Chile como institución. Hay responsabilidades en la organización, en los controles y en un sistema que debe impedir que este tipo de elementos entren a los estadios. Pero también existe una responsabilidad individual imposible de relativizar: alguien decidió encender esa pirotecnia y alguien decidió lanzarla.
El fútbol chileno necesita responder de una vez cómo pretende enfrentar a quienes creen que una tribuna les pertenece y que pueden hacer dentro de ella lo que quieran. Porque mientras nadie sea capaz de ponerle el cascabel al gato, seguiremos escribiendo la misma historia: partido detenido, hinchas expuestos, posibles sanciones y un espectáculo nuevamente arruinado por unos pocos.
Esta vez ocurrió en Sausalito. La U ganaba, quedaban ocho minutos y no pasaba absolutamente nada. Hasta que su barra decidió que el fútbol dejara de ser la noticia.