Nunca más voy a gerenciar un club en Paraguay. Ahora estoy en Chile y estoy viendo para comprar un club. Me gustaría comprar el club La Serena, mi amigo es el dueño actual y estamos negociando”. Con esa frase, pronunciada en radio, Regis Marques volvió a instalar su nombre en el centro del debate sudamericano. No es la primera vez que lo hace. Empresario brasileño y director de la agencia RMC Sports, su figura se ha transformado en un símbolo de una nueva era del fútbol: representantes que ya no solo negocian contratos, sino que toman el control directo de clubes, planteles y proyectos deportivos.
Su modelo de negocios se basa en una premisa clara: el futbolista es un activo financiero. Marques ha defendido públicamente que la formación no debe verse como gasto, sino como inversión, privilegiando perfiles físicos y técnicos pensados para la reventa internacional. Esa lógica le permitió construir una estructura de poder regional, apalancada en grandes transferencias que lo independizaron financieramente y le dieron margen para negociar compras de clubes sin depender de bancos ni fondos externos.
Pero ese mismo enfoque fue el que terminó chocando de frente con la realidad institucional de los equipos que administró. El caso más emblemático es Tacuary, en Paraguay. Llegó en 2022 a un club prácticamente descendido y logró mantenerlo dos temporadas consecutivas, algo que él mismo presentó como una hazaña deportiva. Sin embargo, el final fue abrupto: tras el descenso definitivo en 2024, dirigentes y jugadores denunciaron una crisis financiera profunda, con acusaciones de retiros irregulares de dinero, cheques sin fondos y deudas impagas.
Lejos de esquivar el conflicto, Marques admitió que dejar al club en una situación de quiebra técnica fue parte de una estrategia para forzar negociaciones a la baja con futbolistas y acreedores. Paralelamente, varios jugadores denunciaron públicamente el no pago de premios y salarios, mientras el propio agente los instaba a demandar si no estaban conformes, asegurando que el club tenía activos suficientes para responder judicialmente.
Ese patrón —presión mediática, uso del conflicto como herramienta y gestión de crisis como método de control— es el que hoy genera inquietud en los países donde intenta instalarse. En Chile, su nombre ya fue sinónimo de polémica durante el paso de Guillermo Paiva por Colo Colo, cuando acusó a la dirigencia de negociar a sus espaldas y condicionó el viaje del jugador a garantías contractuales firmadas previamente. El episodio terminó con el club descartando la compra del pase y con un nuevo cruce público entre el agente y el entorno albo.
Hoy, el objetivo de Marques va más allá de fichajes puntuales. Busca poder estructural. Su interés por adquirir clubes completos responde a una lógica clara: controlar la vitrina, el flujo de futbolistas y el negocio de principio a fin. En ese esquema, el club deja de ser un fin y pasa a ser un medio.
Esa ambición ya ha despertado resistencias en distintos mercados. Ex referentes de instituciones que él ha intentado comprar han advertido sobre el riesgo de convertir a los equipos en simples plataformas de tránsito de jugadores, donde la identidad queda subordinada al negocio. Es el modelo del “club puente”: poca estabilidad, alta rotación y una prioridad absoluta por la reventa.
El desembarco de Regis Marques en Chile, por lo tanto, no es solo una historia de mercado de pases. Es una discusión sobre qué tipo de fútbol se quiere administrar. Su historial muestra eficiencia para generar liquidez y mover jugadores en circuitos internacionales, pero también deja dudas profundas sobre gobernanza, ética y sostenibilidad institucional. En Paraguay, su ciclo terminó en ruptura. Hoy, con La Serena en el horizonte, el fútbol chileno se prepara para comprobar si ese prontuario se repite o si, esta vez, el desenlace será distinto.