Yo no soy abogado.
Soy papá.
Y esta es la historia de lo que tuvimos que vivir con mi hijo para que pudiera seguir persiguiendo su sueño de ser futbolista.
Mi hijo se formó desde niño en San Luis de Quillota. Ahí creció, ahí entrenó, ahí aprendió a amar el fútbol. Durante años dio todo, como lo hacen miles de niños que creen que, si se esfuerzan, algún día tendrán una oportunidad.
Pero en 2019, San Luis nos dijo que no lo tomarían en cuenta. Que no estaba en sus planes. Le dieron su libertad de acción… pero sin renunciar a los derechos de formación.
En ese momento no entendíamos lo que eso significaba. Pensamos que si un club no lo quería, simplemente podía buscar otro. Pero nos dimos cuenta muy rápido de que no era así. Cada vez que mi hijo iba a probarse a un club, cuando llegaba el momento administrativo, todo se detenía. Nos decían lo mismo: “Si no hay renuncia de San Luis, no podemos inscribirlo”.
Mi hijo había quedado libre… pero al mismo tiempo estaba atrapado. Llegamos a Deportes Colina. Pasó las pruebas. El técnico lo quería. Estaba listo para empezar. Pero otra vez lo mismo: “No podemos inscribirlo si San Luis no renuncia a los derechos”. Entonces fui a San Luis. Les dije algo muy simple: “Ustedes no lo quieren. Déjenlo ir”.
Pero me dijeron que no. Que no iban a renunciar. Después de insistir, de rogar, de explicar que mi hijo solo quería jugar, me pusieron una condición: tenía que pagar seis millones de pesos. No como pase. No como indemnización. Como un “auspicio” al club, pagado en cuotas. Para un papá eso fue humillante. Pero peor era ver a mi hijo perder su carrera antes de empezar.
Acepté. Pagamos. Doce cheques de quinientos mil pesos, disfrazados con una publicidad estática en el Lucio Fariña. Y recién ahí firmaron la renuncia. Mi hijo pudo inscribirse en Colina. Entrenó con el plantel profesional. Jugó como juvenil. Pero nunca tuvo contrato ni sueldo.
Un año después, en 2021, Deportes Linares se interesa en él. Pensamos que ahora todo sería distinto. No lo fue. Colina, que nunca había pagado un peso por mi hijo, ahora exigía derechos de formación por ese año. Otra vez el mismo bloqueo. Otra vez la misma amenaza: si no pagábamos, no podía jugar.
Otra vez me senté a negociar. Otra vez cinco millones. Otra vez tuve que pagar para que mi hijo pudiera seguir con su carrera. Ese dinero salió de mi empresa familiar y fue depositado a una SADP. Mi hijo nunca pidió nada de esto. Solo quería jugar fútbol.
Yo tampoco pedí nada. Solo quería que mi hijo pudiera trabajar en lo que ama.
Pero en Chile, a los hijos de familias comunes, el fútbol les pone un precio
Atentamente
Víctor Cataldo Arredondo