Lo de O’Higgins en Salvador de Bahía fue mucho más que una clasificación: fue una muestra de carácter, convicción y resistencia en uno de los escenarios más complejos del continente. El equipo chileno arrancó la noche de la peor manera posible, recibiendo un gol antes del minuto de juego, un golpe que parecía anticipar una jornada cuesta arriba.
El impacto inicial no fue lo único. Bahía, dirigido por Rogerio Ceni, amplió rápidamente la ventaja y colocó un 2-0 que dejaba la serie prácticamente sentenciada. El local imponía ritmo, intensidad y jerarquía, mientras O’Higgins buscaba reordenarse en medio del desconcierto.
Pero lejos de derrumbarse, el equipo celeste reaccionó. Con orden, valentía y una lectura más inteligente del partido, logró descontar a través de Arnaldo Castillo y comenzó a cambiar la dinámica emocional del encuentro. El gol no solo acortó distancias, sino que instaló dudas en el conjunto brasileño.
Desde ahí, el partido entró en otro terreno. O’Higgins se plantó de igual a igual, disputó cada balón como si fuera el último y logró sostener el resultado que llevaba la definición a los penales, escenario donde la tensión se transforma en protagonista.
En la tanda, el cuadro chileno mostró temple. Sin titubeos, ejecutó con precisión y terminó sellando una clasificación que quedará marcada como una de las grandes noches internacionales del club.
De un gol en contra a los 25 segundos y un 2-0 adverso, a una clasificación en Brasil. O’Higgins no solo avanzó de ronda: construyó una historia de esas que explican por qué el fútbol sigue siendo impredecible.