Chile volvió a dejar una imagen preocupante. Esta vez fue una derrota inapelable por 4-1 ante Nueva Zelanda en Eden Park, en un partido donde la Roja fue superada con claridad y nunca encontró respuestas futbolísticas para equilibrar el trámite. El descuento de Gonzalo Tapia a los 83 minutos apenas sirvió para maquillar una noche muy mala, porque el elenco oceánico ya había golpeado con los tantos de Kosta Barbarouses (31’), Elijah Just (40’), Jesse Randall (60’) y Ben Waine (71’).
La jugada que inevitablemente marcará la discusión fue la expulsión de Darío Osorio. El chileno había sido amonestado a los 23 minutos y luego vio la tarjeta roja a los 27’, en una determinación que perfectamente puede ser calificada como cuestionable. Sin embargo, esa incidencia no tapa el fondo del problema. Incluso antes de quedarse con diez hombres, Chile ya mostraba desajustes, poca contención y una preocupante fragilidad para competir. De hecho, Nueva Zelanda ya había avisado varias veces antes de abrir la cuenta y su dominio no fue una consecuencia exclusiva de la ventaja numérica.
Los cambios introducidos por Nicolás Córdova no terminaron de cerrar. Otra vez Osorio queda expuesto en una actuación pobre con La Roja, lo mismo que Guillermo Maripán, con una imagen reiterada en las peores derrotas de Chile en los útlimos tiempos. El entrenador tendrá que explicar la dualidad de un mensaje que no calza: mientra clama por recambio Iván Román, el mejor jugador joven de la selección, apenas alcanzó a jugar 45 minutos en esta gira. Demasiadas preguntas para un entrenador que se cansa de dar señales que no está a la altura del cargo, más allá de que el partido no sirve como parámetro por esa temprana expulsión.
Por eso, más allá de la polémica por la roja de Osorio, la derrota deja un mensaje mucho más profundo. Chile no solo perdió: fue ampliamente superado por un rival que impuso condiciones desde temprano y que dejó al descubierto a una selección que, otra vez, jugó mal. La expulsión puede explicar una parte del derrumbe, pero no puede transformarse en excusa para esconder una presentación colectiva muy deficiente.