El Ministerio del Deporte no suele ser protagonista del debate público. Sin embargo, desde la llegada de Natalia Duco, ese escenario cambió de forma abrupta. Su designación ya venía cargada de ruido, considerando su historial deportivo marcado por un doping positivo que derivó en una sanción de tres años, antecedente que inevitablemente reapareció en el debate público. Pero lo que parecía ser una controversia inicial acotada, terminó convirtiéndose en una constante.
El episodio más reciente volvió a encender la discusión. En medio de un diagnóstico sobre el deporte nacional, Duco instaló como prioridad la necesidad de mejorar la indumentaria de los atletas, señalando que “si uno va fea, ya perdiste”. La frase, más allá de su intención, generó un rechazo inmediato en el alto rendimiento, donde las urgencias pasan por financiamiento, equipos médicos y condiciones mínimas de competencia. La respuesta de la gimnasta Makarena Pinto fue clara y directa: el problema no es la ropa, sino la precariedad estructural que enfrentan los deportistas.
Pero la polémica por la vestimenta no es un hecho aislado. Es, más bien, la continuidad de una seguidilla de episodios que han marcado el breve paso de Duco por la cartera. Apenas días antes, sus declaraciones defendiendo el rodeo como parte del deporte nacional generaron una fuerte reacción de atletas, quienes cuestionaron tanto el fondo como la desconexión con los estándares del alto rendimiento moderno. Las críticas no fueron menores e incluso incluyeron llamados a dar un paso al costado.
Retrocediendo unas semanas, el caso de la candidatura de Chile a los Juegos Olímpicos de la Juventud 2030 evidenció un problema aún más profundo. En un primer momento, la ministra puso en duda la continuidad del proceso, argumentando criterios económicos. Sin embargo, tras el inmediato revuelo político y deportivo, el Gobierno salió en menos de 24 horas a ratificar la postulación, con la propia Duco alineando su discurso en una señal clara de control de daños.
Ese patrón de reacción también tiene antecedentes previos a su llegada al ministerio. La denuncia realizada por La Hora de King Kong sobre el cobro de la Beca Proddar sin actividad competitiva terminó con la propia Duco renunciando al beneficio tras la exposición pública. Si bien el mecanismo era legal, la presión mediática instaló un cuestionamiento ético que derivó en una corrección tardía.
Así, en poco más de un mes de gestión, el Ministerio del Deporte pasó de la habitual discreción a convertirse en uno de los focos más activos de polémica dentro del gabinete. No por reformas estructurales ni anuncios de alto impacto, sino por un manejo comunicacional errático que ha tensionado innecesariamente la relación con los propios deportistas.
La controversia por la “ropa linda” no solo sintetiza ese problema, sino que también marca el tono de una gestión que, hasta ahora, parece más reactiva que planificada. En un área donde las demandas históricas apuntan a financiamiento, planificación y profesionalización, el énfasis en aspectos simbólicos termina profundizando la sensación de desconexión.
A 40 días de asumir, el diagnóstico comienza a consolidarse: más que una crisis deportiva, lo que enfrenta el ministerio es una crisis de conducción comunicacional. Y en ese terreno, cada nueva declaración parece abrir un frente adicional, en lugar de cerrarlo.