Gianni Infantino volvió a mover los límites del fútbol mundial. Después de estrenar en 2026 una Copa del Mundo con 48 selecciones, el presidente de la FIFA reconoció que la posibilidad de ampliar el torneo a 64 equipos será analizada una vez que finalice el campeonato que se disputa en Estados Unidos, México y Canadá.
“Es un tema que será examinado y debatido en los comités correspondientes tras este Mundial. Cuando organizas uno, es importante diseñarlo para todo el mundo, no solo para Europa y Sudamérica. Cada nación debería poder soñar con participar”, afirmó Infantino en declaraciones a Bluewin, reproducidas por L’Equipe.
La idea puede resultar atractiva desde el discurso de la inclusión, pero también amenaza con vaciar de contenido uno de los procesos más tradicionales y competitivos del fútbol: las Eliminatorias sudamericanas. Si el Mundial 2030 se disputa finalmente con 64 selecciones, la cantidad de plazas para Conmebol aumentaría y el clasificatorio podría convertirse en un torneo con muy poco riesgo para las selecciones más poderosas.
El problema ya existe incluso sin la ampliación. Argentina, Uruguay y Paraguay están clasificados automáticamente al Mundial 2030 por su condición de organizadores, junto a España, Portugal y Marruecos. Pese a ello, las tres selecciones sudamericanas participarían igualmente en las Eliminatorias, que mantendrían el formato de todos contra todos, con partidos de ida y vuelta y 18 jornadas.
Con el formato actual de 48 equipos, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú y Venezuela competirían por tres cupos directos y medio boleto para el repechaje. En otras palabras, siete selecciones disputarían más de dos años de competencia para eliminar apenas a tres o, dependiendo del repechaje, cuatro equipos.
Si la FIFA aprueba un Mundial de 64 selecciones y entrega nuevas plazas a Sudamérica, el margen de eliminación sería todavía menor. La clasificación podría dejar de ser una batalla deportiva para convertirse en un trámite prolongado, especialmente para Argentina, Brasil y Uruguay, selecciones que históricamente han dominado el continente.
Infantino defendió su proyecto señalando que el crecimiento del fútbol mundial exige más oportunidades. “Podemos ver que el nivel de los equipos es extremadamente alto y sigue mejorando en todo el mundo”, sostuvo. Luego agregó que “si a los países pequeños no se les da la oportunidad de participar en el Mundial, ya no tendrán la motivación para seguir mejorando”.
El argumento tiene una lógica política y comercial, pero también encierra una contradicción. Mientras más fácil sea llegar al Mundial, menos valor tendrá el recorrido. La Copa del Mundo se vuelve más grande, genera más partidos, más sedes, más derechos televisivos y mayores ingresos para la FIFA, pero al mismo tiempo reduce la tensión de las competencias clasificatorias.
Conmebol ya detectó el peligro y trabaja en alternativas para sostener el interés de sus Eliminatorias. Entre las propuestas aparece la entrega de premios económicos según la posición final, la creación de un título oficial para el ganador del clasificatorio y la posibilidad de que la tabla determine futuros enfrentamientos contra selecciones europeas.
La confederación intenta retomar así un antiguo proyecto de competencia entre Conmebol y UEFA. La idea es que las posiciones de las Eliminatorias sirvan para ordenar cruces oficiales entre selecciones sudamericanas y europeas, creando un incentivo adicional para equipos que podrían disputar buena parte del torneo sin riesgo real de quedar fuera del Mundial.
El desafío, sin embargo, no es solamente deportivo. Los derechos de televisión de las Eliminatorias representan una fuente central de ingresos para las asociaciones nacionales. En el caso de Uruguay, la AUF recaudó cerca de 23 millones de dólares por la comercialización del último clasificatorio, además de los ingresos por venta de entradas, auspiciadores y explotación de la camiseta.
Una competencia sin tensión puede afectar directamente ese negocio. Si las grandes selecciones ya están clasificadas o tienen probabilidades mínimas de quedar eliminadas, el valor de los partidos disminuye, especialmente en las últimas jornadas. El hincha puede seguir mirando por tradición, pero el producto pierde incertidumbre, que es precisamente uno de los elementos que sostienen el interés televisivo.
El Mundial de 64 equipos representaría la máxima expresión del modelo impulsado por Infantino: más participantes, más partidos, más mercados y más dinero. Para la FIFA es una expansión casi perfecta. Para Conmebol, en cambio, podría significar la obligación de vender durante dos años y medio unas Eliminatorias que clasifican a casi todos.
El dilema está planteado. La FIFA quiere que cada país pueda soñar con disputar un Mundial, pero al ampliar tanto la puerta corre el riesgo de convertir el camino en una formalidad. Sudamérica, que durante décadas tuvo las Eliminatorias más exigentes del planeta, podría terminar con un torneo largo, rentable y televisado, pero cada vez menos decisivo.
El Mundial crecería hasta las 64 selecciones. Las Eliminatorias, en cambio, podrían valer cada vez menos.