La administración de Michael Clark en Azul Azul no será recordada por proyectos deportivos exitosos ni por transformaciones institucionales profundas. Será recordada por algo más simple, más básico y más devastador: la ruptura permanente entre lo que anunciaba y lo que realmente ocurría. En cuatro años de gestión, Clark terminó configurando un historial donde cada promesa se desdibujaba con rapidez quirúrgica y donde cada afirmación pública era desmentida por documentos, protagonistas o reguladores. Una gobernanza construida sobre la ilusión, sostenida por el relato y derribada por los hechos.
Promesas de continuidad que nunca existieron
La temporada 2021 fue el punto de partida. Universidad de Chile bordeaba el descenso y la dirigencia acudió al recurso más antiguo en tiempos de crisis: prometer estabilidad futura a sus referentes. Joaquín Larrivey y Ramón Arias, pilares en aquel dramático cierre de torneo, relataron con consistencia la famosa cena en la que Clark les garantizó —en persona y en condición de supuesto “dueño”— la renovación de sus contratos.
“Ustedes dos se van a quedar el año que viene, ya está hablado”, habría dicho Clark, según ambos jugadores. El mensaje era claro: concentración total en salvar el descenso, porque lo demás estaba asegurado.
Una vez lograda la permanencia, la promesa se evaporó. No hubo renovación y, peor aún, Clark intentó instalar la versión contraria: que las ofertas existieron, que fueron “muy buenas” y que los jugadores no las aceptaron. Larrivey respondió con dureza: “Qué lástima que no dijo la verdad. Mintió en la cara”. Arias lo corroboró. La primera grieta en la credibilidad del presidente ya estaba expuesta.
“No hay vínculos con Victoriano Cerda”
La relación entre Clark y el propietario de Huachipato fue otra zona donde la palabra del dirigente quedó en entredicho. Desde que Sartor asumió el control de Azul Azul, se instaló la sospecha de que detrás del fondo existían intereses cruzados con Cerda. Clark respondió siempre con la misma frase: negación absoluta. “No existe vínculo. Que alguien muestre una prueba”.
La investigación periodística lo desmintió. Se revelaron sociedades compartidas entre Cerda, la familia Kiblisky y Nexus, entidad con la que Clark trabajó profesionalmente. También se identificaron inversiones conjuntas en mercados offshore y una inusual rotación de jugadores entre Huachipato y la U. No era un vínculo directo en la escritura accionaria, pero sí una red funcional que contradecía la declaración tajante del presidente.
La contradicción más profunda, sin embargo, quedó instalada en un tema estructural: hoy, tras cuatro años de administración, no existe certeza pública sobre quién controla realmente la U. La herencia es la opacidad absoluta.
La sanción de la CMF: cuando la mentira deja huella legal
Las contradicciones de Clark dejaron de ser un problema comunicacional cuando estalló el Caso Sartor. La Comisión para el Mercado Financiero sancionó a la AGF con una multa histórica cercana a las 65.000 UF e inhabilitó a Clark por cinco años para ejercer cargos en entidades financieras. La razón: entregar información falsa al mercado, triangular recursos hacia empresas relacionadas y ocultar riesgos relevantes para los inversionistas.
La resolución fue categórica. No se trató de una diferencia interpretativa ni de un error técnico. Fue un engaño acreditado por la autoridad. Para el mundo financiero, Clark quedó oficialmente marcado como un ejecutivo que falseó datos críticos. Sin embargo, se mantuvo en la presidencia de Azul Azul amparado en un tecnicismo: una SADP no está regulada por la misma ley que los bancos o aseguradoras. Era una manera de reconocer que no era apto para manejar dinero ajeno en el mercado, pero sí para manejar el futuro del club más popular del país.
La contradicción entre su narrativa de “transparencia y solidez” y la sanción por falsedad quedó grabada como uno de los episodios más corrosivos de su gestión.
El caso Álvarez: de la “ensalada del asado” al colapso del proyecto
Cuando surgieron los primeros reportes periodísticos sobre el quiebre entre el técnico Gustavo Álvarez y la dirigencia, Clark recurrió a una de sus estrategias clásicas: desacreditar al mensajero. “La mayoría de las cosas negativas que se dicen de la U son falsas. Vienen de periodistas cuyas fuentes son la ensalada del asado”, lanzó en una conferencia que buscó blindar su versión.
La realidad volvió a desmentirlo. Álvarez renunció semanas después, confirmando que los conflictos internos, la incertidumbre financiera por el Caso Sartor y la falta de respaldo dirigencial habían tornado insostenible el proyecto. El propio técnico habló de un “profundo desgaste” y de un futuro incompatible con las condiciones del club. Lo que era una “fake news” según Clark terminó siendo un hecho consumado que derrumbó el relato del presidente.
Lo que comenzó como una sospecha terminó siendo una certeza: su palabra no tenía correspondencia con los hechos. No en materia deportiva, no en materia societaria y, menos aún, en materia judicial o financiera. La presidencia de Clark fue, en esencia, un ejercicio sistemático de administración del relato por sobre la gestión de la realidad.
Hoy, Universidad de Chile carga con las consecuencias: un proyecto deportivo fracturado, una estructura societaria opaca y una dirigencia marcada por una condena regulatoria inédita. La crisis de credibilidad no fue un daño colateral de su mandato: fue su sello distintivo. Y mientras Sartor mantenga el control, el club seguirá anclado a una conducción cuya palabra ya no significa nada.