Michael Clark dejó la presidencia de Azul Azul y cerró un ciclo que, al revisarlo en detalle, no resiste análisis. Su renuncia pone fin a una gestión que, por rendimiento deportivo sostenido, queda instalada como la más baja desde la llegada de las sociedades anónimas a Universidad de Chile. “Esta maravillosa experiencia que he tenido desde la Presidencia del Club termina hoy”, escribió en su despedida . Sin embargo, más allá del tono de su carta, los números de su administración son claros y categóricos.
Clark asumió en 2021 y ese mismo año Universidad de Chile terminó en el undécimo lugar, salvándose del descenso en una temporada que rozó el desastre. En 2022, lejos de mejorar, el equipo cayó al decimotercer puesto, profundizando la crisis deportiva y confirmando que no había un rumbo claro.
El 2023 tampoco marcó un quiebre: la U finalizó novena, fuera de toda pelea relevante y consolidando una preocupante mediocridad en el torneo nacional. Recién en 2024 apareció un repunte, con el equipo terminando segundo en el campeonato y logrando además la Copa Chile, en lo que fue el único año realmente competitivo de su gestión.
Pero la irregularidad volvió a imponerse. En 2025, Universidad de Chile cerró en el cuarto lugar, sin lograr dar el salto definitivo hacia el título, manteniendo la constante de quedarse a medio camino. Y en 2026, Clark se despide con apenas diez fechas disputadas y el equipo ubicado en el séptimo puesto, lejos nuevamente del liderato.
El balance es contundente: undécimo, decimotercero, noveno, segundo, cuarto y séptimo. Una línea que grafica con claridad la falta de consistencia, la ausencia de dominio y la imposibilidad de construir un proyecto ganador en el tiempo. Porque más allá de los argumentos financieros que esgrime en su salida, el fútbol se mide en resultados. Y en ese terreno, Clark nunca logró que Universidad de Chile fuera protagonista de manera sostenida, ni mucho menos dominante.
En la historia de Azul Azul, marcada por títulos, campañas internacionales y equipos competitivos, su ciclo queda inevitablemente expuesto. No por un mal año puntual, sino por una secuencia completa sin consolidación. Hoy, con su renuncia, se cierra una etapa. Pero también queda un registro imposible de maquillar: el de una gestión que, número en mano, no estuvo a la altura de la historia y exigencia de Universidad de Chile.